lunes, 19 de octubre de 2009

Argentina




Ahora que, en la más rancia tradición ventajista (oportunista, aprovechado, desaprensivo, pícaro, listo, vivo elíjase la que mejor corresponda) la Invicta República Argentina ha clasificado para el Mundial de Fútbol... y al que no le guste (bueno, en otra entrada lo contamos) me parece interesante dar algunas precisiones acerca del nombre de nuestra patria; tierra reservada a todos los hombres (y mujeres, supongo) del mundo que quieran habitarla. Argentina es un adjetivo que se convirtió en sustantivo. Es decir que una palabra que servía para calificar una cosa devenida en nombre de otra cosa; en este origen gramatical se debería ver, como en cifra, el destino de la nueva y gloriosa nación. No vamos a repetir aquí algo archisabido: argentina es un adjetivo poético derivado, en última instancia, del latín (y antes del indoeuropeo si me apuran) argentum.

Lo cierto es que el nombre se utilizaba mucho tiempo, siglos, antes de que algún europeo se diese una vuelta por estos pagos.

En efecto, en el centro de Europa, doce años antes de Cristo, un general romano (Druso, emparentado con la familia imperial) fundó un campamento militar.

Lo llamó Argentoratum, que podría significar, con cierta concesión a la poesía; "Recinto en el río plateado". Con el tiempo devino en una ciudad próspera y, pese a invasiones y reconquistas, sobrevivió.

Durante la Edad Media los textos latinos se referían a ella con el nombre de Argentina. Y este es el primer uso atestiguado del nombre que hoy nos distingue como topónimo.


Sin embargo la denominación, tan sugerente, latina fue cambiada por los francos quienes la nombraron: Ciudad de los Caminos (lo cual es cierto pero no tiene un adarme de poesía) en su lengua; Strateburg... hoy es Estrasburgo. Como testimonio de aquel origen latino, en Roma existe, al día de hoy una plaza que lleva el nombre de Largo di Torre Argentina donde antaño se alzó el palacio y la torre de un potentado nacido en Estrasburgo. Esta plaza es famosa por su gran teatro (teatro Argentina del siglo XVIII)

y por ser un tradicional refugio de los abundantes gatos vagabundos de Roma.., ¡hablo de los felinos, por supuesto!


Otra Argentina, que al día de hoy conserva su nombre, se encuentra en Savoya (también en Francia), tiene menos de 900 habitantes y se llama así por las minas de galena (plomo con trazas de plata, en un tiempo sirvió para construir receptores de radio) que hay en sus alrededores. En los Estados Unidos se cuentan al menos cuatro poblados llamados Argentina, el más notable en Kansas llamado anteriormente City of Silver (Ciudad de la Plata) donde habitó el famoso profeta indígena Tenskwatawa hermano del no menos famoso guerrero Tecumseh.

Continuará

martes, 13 de octubre de 2009

La de Dios es Cristo




Raigambre tiene esta frase, más propia de la península que de América (por lo que sé), pues se remonta a los primeros siglos de la Era Cristiana.

Armarse "la de Dios es Cristo" implica una gran discusión, con ribetes de riña y hasta, si me apuran, efusión de sangre... "la de San Quintín" dicen algunos, con referencias más modernas, o "arder Troya" exclaman otros de talante homérico.

¿De dónde viene esta expresión? Si Troya es una alusión transparente, todos o casi, sabemos que fue sitiada y destruida por culpa de la bella mirada de Helena, y San Quintín, con un poco de historia, nos remite a una famosa batalla (entre españoles y franceses, cuyo resultado más duradero es el Escorial, construido para conmemorarla) ¿que tienen que ver Dios y Cristo a la hora del combate?

Mucho, para vergüenza de sus seguidores.

Como todas las sectas, la de los seguidores de Jesús, un personaje histórico del siglo I, se caracterizaban por dos cosas; los altos índices de relación entre sus miembros y, en concordancia, un extremo grado de conflictividad interna.

Mientras fueron perseguidos poco tiempo tenían, pero igual lo aprovechaban, para denunciarse mutuamente. Cuando el emperador romano Constantino, por motivos demasiado complejos para un simple blog, decidió "legalizarlos" las cosas cambiaron.
Los cristianos pasaron de ser un grupo marginal y apenas tolerado para transformarse en un importante sostén del poder político y, finalmente, a desempeñar ellos mismos una parte importante de este poder. Otro día hablaremos de las implicaciones, negativas y positivas, de este proceso.

El caso es que uno de los motivos de polémica entre los seguidores de Jesús es su condición humana.
Todos estaban de acuerdo en que se trataba de alguien extraordinario, pero discrepaban a la hora de graduar esa cualidad.

¿Un simple hombre revestido del poder de los antiguos profetas?
¿Un maestro de sabiduría inspirado por Dios?
¿Un ser astral descendido a este mundo material y corrupto?
¿Un ente espiritual que aparentaba ser humano?
¿La creatura más noble concebida por Dios?
¿El hijo de Dios, apenas un poco inferior a Él mismo?
¿Dios hecho hombre?

El hecho de que los escritores más antiguos del movimiento no fueran claros en este punto (en especial por provenir de otro medio cultural) y se refieriesen despreocupadamente a Jesús como Hijo del Hombre, Hijo de David, Hijo de Dios, Señor, Cristo o Dios no facilitaba la labor exegética, pero permitía ese tipo de discusiones a las que tan afectos eran (¿son?) los cristianos.



De todas las respuestas existentes, dos se perfilaron como las más exitosas y contaron con una organización eclesiástica tan eficaz que, durante un tiempo, era difícil saber cual de ellas prevalecería.

Unos eran los ortodoxos, palabra que significa "de la recta opinión", quienes sostenían que Jesús era Dios y Hombre al mismo tiempo (el cómo de todo esto llevaría más tarde a nuevas disputas que se dirimirían con intrigas, erudición y sangre) y que se podía hablar de la Divinidad como una Trinidad en la Unidad. Agregando, para los malévolos y socarrones, que esto era un Misterio de Fe, que los caminos de Dios son inescrutables y que, en definitiva, debía ser creído porque era absurdo...

Los otros fueron conocidos como arrianos, por Arrio el primero en sistematizar sus doctrinas, pero el mote les fue impuesto al calor de la lucha; si hubiesen triunfado quizás serían recordados como los ortodoxos... La teología arriana sostiene que Jesús es el ser más excelso jamás creado, superior a los ángeles y a los hombres, cercano hasta la intimidad a la Divinidad; pero no es, de ninguna manera, Dios.

El arrianismo tuvo mucho predicamento en su momento. A primera vista no exigía los malabares semánticos de la ortodoxia y podía compatibilizarse mejor con las demás creencias del Imperio. Un Cristo, hijo predilecto de Dios, estaba en la misma línea que Apolo o Hércules, Mitra e incluso el propio Alejandro Magno. Al emperador Constantino, incluso, le resultaba tan aceptable que fue bautizado, en su lecho de muerte, por un obispo arriano. Los ortodoxos, empero, no se quedaban atrás y un tiempo antes habían convencido al emperador de convocar a un concilio, el primero de los ecuménicos, que tuvo lugar en la ciudad de Nicea y adoptó sus puntos de vista como normativos para los siguientes mil años.

Así las cosas había un empate, podríamos decir, entre ambas posturas; la que pensaba que Cristo es un dios (arrianos) y las que sostenían que Cristo es Dios (ortodoxos). No eran cuestiones ajenas a los intereses de la gente, una eficaz campaña publicitaria lo había convertido en tema de discusión cotidiana, buena parte de la vida social del Imperio pasaba por definir en qué bando teológico se encontraba uno, ser arriano u ortodoxo se reflejaba en la moda, en las expresiones y ¡hasta en los colores del equipo deportivo del Hipódromo!

Era esta también la época de las invasiones de los bárbaros, grupos de pueblos de Europa Central que buscaban refugio y mejores condiciones de vida, en el seno del Imperio, sea por medio de la guerra, el pillaje o el enrolamiento en las legiones.





Entre estos pueblos destacaban los godos, quienes conocieron al cristianismo en el momento en que triunfaba la teología arriana y, por lo tanto, la adoptaron como propia.

Durante tres siglos, entre el cuarto y el séptimo de nuestra era, la discusión sobre la naturaleza de Jesús fue motivo de disputa, de intrigas, de conspiraciones y de guerras civiles. Cuando los godos, finalmente, invadieron la mitad occidental del Imperio, sus reyes se encontraron gobernando sobre dos poblaciones diferentes, sus propios súbditos, godos y arrianos, y los nativos, romanos y ortodoxos. Dos iglesias, dos cleros, dos comunidades conviviendo en el mismo país en permanente tensión.

En España la situación fue particularmente difícil; los reyes godos (visigodos para ser más precisos) debían enfrentar a una ortodoxia bien preparada y muy respetada por la población local pero siempre sospechosa de colaborar con el lejano emperador en sus intentos de reconquista... Se trataba, por lo demás, del último territorio donde subsistía la iglesia arriana.

El rey visigodo Leovigildo, consciente de esta situación, intentó unificar ambos pueblos por medio de la conversión de los católicos al arrianismo; testimonio de su fracaso fue la conspiración de su propio hijo, Hermenegildo, para apoderarse del trono con el apoyo de los católicos; descubierto y muerto (mártir según los ortodoxos) su hermano Recaredo optó por seguir su ejemplo y, tras la muerte de su padre, se volvió católico junto con los demás nobles godos. El arrianismo, oficialmente, había dejado de existir.

Algunos autores, sin demasiadas pruebas, consideran que corrientes subterráneas de arrianismo permanecieron ocultas durante ciento cincuenta años hasta fundirse con los musulmanes procedentes del norte de África, cuya religión, argumentan, tiene muchos puntos de contactos con la teología arriana.

Sea como sea, el recuerdo de tantos siglos de luchas, de conflictos, de querellas tratando de demostrar que Dios es (o no es) Cristo dejaron una huella profunda en el recuerdo de los españoles hasta el punto que, después de haber mudado de lengua dos o tras veces (latín, godo y árabe) la expresión permaneció por mil y pico de años como testimonio de hasta donde puede llegar la intolerancia y el fanatismo.


La de Dios es Cristo, porque, para defender nuestra idea de Dios somos capaces de matar a los mismos que, decimos, Él ama por encima de todo.









jueves, 17 de septiembre de 2009

Whisper in the darkness


Maravilloso encanto el de una idea, una sugerencia dejada caer al (supuesto) azar, un encadenamiento de palabras que piensan el mundo y lo arman... de paso, ilusión vana porque siempre faltará esa pieza que tu sabes... más de pasada; ¡qué bueno que falten!
Sí, hay fórmulas verbales que, en su brevedad, nos revelan todo un mundo de insospechada profundidad. ¿No sería maravilloso que, cuando nos topamos con ellas, en la calle, en un curso o un decurso, guardásemos respetuoso silencio y las disfrutásemos como si de un rico caramelo se tratase?
Anoche, seminario de un postítulo relacionado con la gestión educativa, mesas largas, ochenta personas, mis cada vez más entrañables compañeros de la Arzeno, profesora del curso hablando de las ideas previas y de las representaciones mentales de los docentes...
Metáfora transparente e inquietante:
Voz en off...
Hay una voz en off que nos advierte, relaja, pone en guardia, irrita, acaricia, persuade, seduce, fastidia y un largo etcétera, respecto de nuestro interlocutor.
Piénsalo.
Una voz en off cada vez que hablas con alguien.
Una voz en off en la cabeza cuando sube el vendedor "de esta verdadera oferta" al colectivo.
Una voz en off ante el pibe de la calle. Ante el auto que te salpica. Ante la directora.
Ante la mamá que se queja de "la nota". Ante tu hijo, tu madre, tu pareja...
Ante este blog. Y sus obsesiones.


Cuando hablamos con alguien, cuando nos encontramos, cuando estamos frente a frente con el otro, tenemos, sentimos, padecemos a veces, esa insistente voz en off que está formada por todas nuestras experiencias previas, que se alimenta de nuestros miedos y nuestros anhelos, que abreva en las regiones más insondables de ese cenote que es nuestra alma, que hace presente el nosotros colectivo que no podemos negar aunque quisiéramos.

Voz en off que es la suma de muchas voces.
Voz cacofónica a veces.
Voz armoniosa, otras.
Voz del pequeño tirano que llevamos dentro.
Voz punteada de interrupciones, de solos de saxo prolongados, de silencios, de memorias.

Voz que repite viejas consejas. Voz del pueblo. Voz de dios (sí, con minúscula). Voz de los callados. Voz que no llega a articularse.

Todo el tiempo, susurrando en la oscuridad, está esa voz en tu, en mí, en nuestra, cabeza.

Algún día, empero, dejará de sonar. De este modo te darás cuenta de tu, de mi, muerte.

viernes, 21 de agosto de 2009

Yo adolezco, tu adoleces, ellos crecen



Las palabras nunca son inocentes.
Ellas forman la materia de nuestro pensamiento, no se puede pensar sin palabras, pero también envuelven los lugares más secretos de nuestra interioridad; sitios oscuros o recónditos que pocas veces visitamos sin repugnancia.
Las palabras son por lo que dicen y por lo que ocultan. Por lo que muestran, pero también por lo que sugieren.
Adolescencia es una de esas palabras que nos sirven para eliminar complejidades y, a la vez, para esconder la tierra debajo de la alfombra. Adolescente, dicho con cierta inflexión particular, denota incomodidad y desazón, condescendencia y envidia, malestar por un momento vital que no volveremos a transitar e impaciencia porque el adolescente, nunca, se comporta como nosotros esperamos que lo haga... ¡ni siquiera como, nos gusta evocar, lo hacíamos nosotros cuando teníamos su edad!. Adolescencia, sobre todo, expresa carencia.

Si preguntamos así, al pasar, sobre el origen de esta palabra no será extraño que nos respondan, con total certeza, "por supuesto, adolescencia viene de adolecer, un adolescente es alguien que adolece" es decir un ser incompleto y frágil, sin terminar, imperfecto... "le faltan cinco para el peso".

Nada más falso, nada más interesado.

Adolescente proviene de la lengua latina, más concretamente de un participio adolescens que se relaciona con la idea de crecimiento. En efecto, adolescens vale tanto como alescendo; el que está creciendo y aparece vinculado al campo semántico de la alimentación (alere) y al de la estatura; compárese con altum; alto. El adolescente está en camino de ser alto, es decir, adulto (que dio el germánico althas, al alemán alt y el inglés old), es un ser proyectado hacia el futuro. Una homonimia vigente ya en época antigua también acercaba el vocablo al ámbito de lo sagrado a través de otra falsa, equívoca, etimología: adolere, término del lenguaje ritual que implicaba la idea de ofrecer un sacrificio.

El origen de adolecer es más discutido y nada tuvo que ver con adolescente que, de paso, designaba entre los romanos una edad cercana a los veintitantos años, previa a la iuventutis que duraba hasta los cuarenta... Unos la consideran creación netamente castellana a partir de dolor y otros la remontan también al latín pero como un derivado de adolescencia y no al revés, entendiendo que quien crece está, por ello mismo, falto de algo. La proximidad fonética con doleo; dolor, daría la acepción de adolecer como padecer una dolencia. No me convence mucho esta última consideración, pero, bueno, no soy etimologista.

Sea como sea, lo cierto es que adolescente no tiene relación de origen con la falta o el dolor como proclaman incluso algunos manuales de pedagogía o ciertos conferencistas soporíferos. Se trata de una etimología popular o una falsa etimología.

Una falsa etimología (las leyendas están repletas de ellas) nunca es inocente, carga con el recuerdo obliterado de lo no dicho, es decir, de lo negado porque resulta demasiado difícil de soportar. Suena "feíto" mejor busquemos otra palabra... El adolescente, el que crece, nos resulta un padecimiento, el adolescente nos trae a la memoria la juventud perdida para siempre, nos acerca a ese dolor íntimo de la vida que se escapa, nos aleja del placer, nos muestra carentes de aquello que él sí tiene; potencialidad.

Es por esto que lo asociamos, al menos en el castellano, con la necesidad, con la falla y con la falta. Lo que (ya) no tenemos lo proyectamos sobre quien (ya) lo tiene. Y, por supuesto, si hay un hueco nosotros, sociedad de la neurosis, debemos completarlo, obturarlo, sellarlo leyes y reglamentos pero también colmarlo con el mimo, el halago y la complacencia. De una u otra manera tapamos el agujero con nuestra propia carencia. Si el adolescente adolece, entonces nosotros le evitamos el dolor por el doble camino de la huida y de la norma.
No son divagaciones ociosas de las tres de la mañana, aunque lo parezca, el camino desde la falsa etimología hasta nuestra incapacidad para tratar con los adolescente está signado por la misma falsa conciencia que generó el "error" etimológico. Frente a ellos y lo que nos muestran no atinamos más que a proyectar la propia falta (= falla) en su proceso de crecimiento... adolecemos de medios para hacer otra cosa que no implique tapar el agujero.

Como docente me pregunto, después de tanto adolescente que estuvo cerca mío, como padre me cuestiono, ahora que mi hija ha entrado de lleno en la adolescencia, ¿es el único camino posible el que, persistiendo en la inexactitud lingüística, pretende cerrar la supuesta carencia con la concesión o con la norma arbitraria?

No tengo, por supuesto, la respuesta pero me parece que bien vale que nos hagamos la pregunta.

miércoles, 17 de junio de 2009

Los nombres ¿verdaderos?



Una de las características del nombre, del sustantivo propio para decirlo con palabras de la "profe", es que no se traduce. Al menos no debería traducirse.
Que siempre fue así y que los nombres extranjeros eran interpretados fonéticamente lo demuestra el hecho de que en otros tiempos se mentaba como Guaterales y Francisco Dráquez (temibles enemigos ingleses) a quienes hoy conocemos como Walter Raleigh y Francis Drake. Tampoco están lejanos los días en que la RAE nos decía que el croissant francés debía decirse cruasán... más prosaicos en Argentina preferimos medialuna.
Ahora ha aparecido, al módico precio de € 6, el Atlas de los Nombres Verdaderos.
No cabe duda que tiene su encanto.
Al aburrido atlas que conocemos, se lo cambia por el mismo maperío con los topónimos "traducidos" o, lo que es casi un equivalente diacrónico, interpretados etimológicamente. No se trata de que Londres, Munich o Cuernavaca aparezcan como London, München o Cuauhnáhuac; no.


El Atlas presenta a España como "País de Conejos" y a los Pirineos como "Monañas del Fuego Secreto" lo que nos trae nostalgias tolkenianas a más de uno. En todos los casos los autores (que han tenido éxito en otras lenguas) intentan con un poco (o un mucho) de imaginación restaurar el sentido original de los nombres de los diversos lugares del globo.
Algunas etimologías son más que dudosas y es evidente que en algunos casos no han sabido donde detenerse (Ecuador es País Al Igualador y los Estados Unidos de América, ¡Estados Unidos del Poderoso en el Hogar!) pero la impresión general es que se trata de una divertida, no más, reescritura del mundo en clave erudita. Una broma para fanáticos de la geografía y las lenguas.

Aún no me lo he comprado ¡pero quiero hacerlo! y me intriga conocer como han "interpetado" lugares como Brasil, Asia o China (Europa es, para ellos, país vespertino lo que no deja de tener su encanto y Argentina, fácil, es País de la Plata).
Una rareza para pasar el rato y ¿tal vez? imaginar historias que transcurren en algún lugar de La Ornamentada, en los extraños Errantes o, más cerca de nosotros, en el País al Final del Mundo...

miércoles, 3 de junio de 2009

Serendipia


Serendipia, o serendipidad, posible traducción del inglés serendipity es una palabra que me gusta tanto como su concepto... un buen antídoto a mi (estéril) obsesividad.

Serendip es uno de los antiguos nombres de la isla de Ceilán (también Sri Lanka) y aparece así en un cuento del italiano Cristoforo Armeno (que algunos pretenden se tradujo del persa) titulado, precisamente, Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo.

Los tres príncipes del relato viven varias aventuras durante un viaje, saliendo con bien de ellas gracias a una singular combinación de azar y sagacidad. Hay varias versiones de esta historia y, como no, un cuento talmúdico similar...

El caso es que la historieta de Armeno no hubiese dado origen a nuestra palabreja de hoy sino fuese por otro literato, inglés esta vez, del siglo XVIII llamado Horace Walpole  quien lo recuerda en una carta escrita el día 28 de enero de 1754 a media mañana ... ¿de cuántas palabras se puede ser tan preciso sobre su origen.

La carta en cuestión fue enviada a Horace Mann (no, no es el mismo en que piensan, este es norteamericano, aquel británico) para comentarle algunos detalles sobre cierto cuadro que le enviaba.

La pintura conmemoraba el casamiento de Francisco de Médici con Blanca Capello y carecía de marco, Horacio, que no tenía nada mejor que hacer, quería colocarle uno que contuviese el escudo de armas de los Capiello, pero no podía hallar ninguna imagen de ese emblema (y google, supongo, estaba caído) por lo cual decidió buscar los símbolos heráldicos de los Médici... Busca, buscando en un libro; Walpole da con... ¡la panoplia de los Capello!. 

Semejante trivialidad, que a muchos nos ha pasado, le da ocasión de acuñar un nuevo término. Dice que tal hallazgo ha sido un caso de lo que llama serendipia (serendipity) una "palabra muy expresiva" que remite a un cuento que leyó cuando niño. Cuento que no es otro sino el de Armeno.

Así se acuñó una palabra que, andando el tiempo, tomó carta de ciudadanía en la lengua inglesa y en otras muchas, no en la nuestra porque ya se sabe que la RAE no está para innovar, sino para conservar.

Se define a la serendipia como: un descubrimiento hecho de manera accidental,es decir;  por casualidad, como la llaman los hombres diría Gandalf, pero también por un pensamiento particularmente entrenado para percibir. Este úlitmo matiz suele olvidarse por quienes pretenden que la sola imaginación puede ser una guía para explorar el Universo.

Bien, la serendipia, ejemplos de la cual pueden hallarse por cientos en la historia de la ciencia, es también un buen modo de pararse frente a la realidad. Dejar que los pensamientos fluyan para descubrir, al azar de los esquemas, un fragmento del revés de la trama que constituye el tapiz del Ser.




miércoles, 29 de abril de 2009

Albahaca a la fuga


Tomado de algún blog al azar que no cito porque no me acuerdo de su dirección...


FromLostToTheRiverismo de la semana, traducido de The basil goes away:

Una tienda de comestibles de mi barrio vende pequeñas bolsas de hierbas y especias etiquetadas en inglés y español. Las etiquetas en español, sin embargo, ocultan una pequeña sorpresa. Lo que se llama basil (albahaca) en inglés está etiquetado en español como «la albahaca se va».

Después de pensar en ello la primera vez que lo vi, me di cuenta de que probablemente era una mala traducción de basil leaves en la que leaves había sido malinterpretado como el verbo [en lugar de como hojas]. Lo atribuí a una traducción automática, probablemente de Babelfish, y me olvidé del tema. Pero el otro día un amigo mío descubrió que Babelfish traduce basil leaves como «hojas de albahaca», que es lo correcto.

Así que no tengo ni idea de qué error hizo que basil fuera etiquetado [en español] como «la albahaca se va».


Y yo tampoco, pero no deja de ser una traducción sugerente...


miércoles, 25 de febrero de 2009

Por decir algo…


Releo, al azar, algunas frases de gran efecto. Me detengo y las medito. ¿Qué hay detrás de tanto ruido de palabras?

Nada.

Puede que alguno las considere sugerentes, que otro se fascine ante su sonora vacuidad, hasta quizás sean expresión de sensaciones inasibles; lo cierto es que tienen muy poco para mostrar.

¡Explícate de una vez!

¡Esfuérzate por decir las cosas con claridad! ¡Con sentido al menos!

Sólo se puede violentar a una lengua si primero se la ha respetado. La sintaxis confusa, la semántica imprecisa, la ortografía caótica son legítimas en tanto no haya otro modo mejor de decirlas y, sobre todo, cuando están al servicio de la expresividad. Esto es; casi nunca. Escribir mal no es un modo válido de poesía.

Apilas las palabras como una torpe barricada, pero uno levanta barricadas cuando combate y detrás de ella está el pueblo haciéndose escuchar. Tus barricadas no son más que un montón de muebles rotos y trozos de celofán, no hay voces que se parapeten entre ellas.

Crees que por yuxtaponer cierto número de sustantivos, adjetivándolos impropiamente, por conjugar algunos verbos de maneras imposibles, por esbozar frases sin conclusión lógica estás diciendo algo, en realidad sólo dices que no sabes que decir.

Releo tus frases, releo las frases del oscuro escritor, releo libros plagados de vanidad ignorante.

Hay libertad de expresión; ¡bendita sea!, todos podemos hablar, cantar, reír, escribir y murmurar inanidades, también podemos callar y, por eso, prefiero guardar silencio. Al menos por ahora.

lunes, 16 de febrero de 2009

Acerca de los oráculos


- Los anuncios del Oráculo- dijo el sacerdote- siempre se cumplen.
- ¿Cómo es eso?- pregunté
- Por tres motivos- respondió.

Porque nunca habla claramente, y nadie recuerda sino lo que conviene a su situación presente.

Porque es prudente a la hora de anunciar bendiciones o catástrofes, y la vida está plagada de desdichas y de placeres.

Y, sobre todo-
el oficiante esbozó algo así como una sonrisa-
porque basta la más leve insinuación para que los hombres, con ansias, se esmeren en cumplir la profecía.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Hereje; el opinador


Si quisiéramos hacer una breve historia del pensamiento occidental podríamos tomar cuatro o cinco palabras y analizar su etimología. Sería muy instructivo para ver cuáles son nuestras maneras de pensar.

Una palabra es, por cierto, una forma de ver el mundo, un registro de nuestras percepciones más arraigadas.

Y como decía Claudio: Ni malicia, ni favor para nadie…


Si preguntamos a alguien con mediana instrucción ¿qué es un “hereje”? probablemente nos dirá que se trata de alguien que se aparta de la línea establecida, una persona que de alguna manera se opone a todo cuanto sus vecinos consideran justo, recto y verdadero.


Si profundizamos en el asunto, encontraremos expresiones como “la necesidad tiene cara de hereje” que nos remite a una, evidente pero triste, verdad; cuando necesitamos algo no dudamos demasiado acerca de los medios que deberemos emplear para lograrlo… También, en ciertos lugares de nuestra amplia “castellanidad”, veremos que el término hereje alude a lo falso, lo horrible o, directamente, lo procaz.


Durante siglos el hereje fue el otro, temido, “maldito”, portador de siniestras intenciones. Más tarde, en el siglo pasado sobre todo, el hereje era el alternativo, aquel que se atrevía a cuestionar el orden vigente.



La palabra castellana hereje, dice la Real Academia que su etimología más cercana está en el provenzal eretge (lo cual de ser cierto sería notable), proviene del vocabulario eclesiástico. Es una de aquellas expresiones que la Iglesia Católica conservó desde la Antigüedad y que alcanza su más pleno sentido en el denso entramado de sus enseñanzas.


Un hereje es, para esa religión, una persona que niega o pone en duda alguna de sus doctrinas, supuestamente reveladas por Dios. Por carácter transitivo, un hereje es, entonces, alguien que se atreve a negar lo que ha dicho el mismo Dios, un ser tan obstinado que osa desafiar a la divinidad… y a la Iglesia que, humildemente, la representa.


Esta persona, por definición, no puede ser un extraño, sino un miembro de la misma comunidad de creyentes que, con su gesto, la rompe y la pone en entredicho.


¡Vaya!, no extraña que fuesen tan odiados; decirle no a Dios, ¿qué efectos puede causar si ese mismo Dios se define a sí mismo como celoso? Negarse a la palabra revelada ¿no entrañará un terrible castigo no sólo sobre el negador sino sobre aquellos que permiten su presencia? De aquí a la hoguera hay un corto paso.


Si nos vamos más atrás en el tiempo, a los siglos en que la Iglesia era una pequeña comunidad perseguida (como los Gremlins ¿recuerdan la película?), encontraremos que la palabra hereje ya existía, si bien en un formato ligeramente distinto.


Se hablaba griego, era la lengua del comercio, la ciencia y la moda, y en griego herejía es aïresis (αἵρεσις) palabra de uso en el vocabulario filosófico.

Aïresis no quería decir más que seleccionar, elegir, y designaba a aquella persona que, en el ámbito del pensamiento, discierne, elige, libremente sus ideas. Un hereje, pues, no sino una persona con sentido crítico.


Hereje es aquel que se atreve a pensar por sí mismo, aquella que no acepta mansamente lo que le dicen y cuestiona las supuestas verdades, uno que quiere usar su propia cabeza, una que investiga y opina.


Jesús, y sobre todo sus seguidores, fueron descriptos como herejes. De hecho si uno busca esta palabra en la Biblia encontrará que la usan los que acusan a Pablo de Tarso: “este es uno de los líderes de la herejía de los Nazarenos” sin que, en el texto, la expresión sea particularmente ofensiva: se describe al dirigente de un grupo de personas que “opinan diferente acerca de la Ley judía”.


Un poco después la palabra, unida a epítetos tan terribles como “de perdición” o “lleno de maldad”, comenzó a ser usada en el sentido que reseñamos más arriba.


El hereje, para los cristianos, era el creyente (nunca el no bautizado que sólo se considera “infiel”) que opinaba de manera diferente del resto de la comunidad, pero especialmente, de sus autoridades. Un rebelde, un sedicioso, un subversivo, un traidor, una artera serpiente y, en efecto, estas palabras son usadas por los Santos Padres para designarlos. ¡Atiza con los Santos!


Cuando la Iglesia logra el poder, cuando todo el Imperio romano se vuelve, por predicación o por decreto, cristiano; los insultos son sustituidos por métodos más efectivos. Dado que Dios ha prohibido matar, la Iglesia adquiere el poder de juzgar, de entre los suyos, a los herejes (o sea a los que piensan distinto), y una vez convictos de su crimen, los entrega a las autoridades estatales para que ellos, actuando en virtud de las leyes que sancionan la convivencia, los condenen (a este acto se le llamaba “relajar al brazo secular”) generalmente a muerte en la hoguera… preocupada por el bienestar del hereje, la Iglesia solía recomendar misericordia, por lo cual muchas veces antes de quemarlo se le desmayaba.


Eso sí, no podía condenarse a alguien sin juicio (un juicio durante el cual el acusado era considerado culpable hasta demostrar lo contrario) ni tampoco juzgar como hereje a quien no fuese cristiano; un judío o un musulmán, por ejemplo.


Es decir que durante casi dos milenios el pensamiento libre, la opinión personal, la crítica y la reflexión fueron considerados crímenes punibles, incluso, con la muerte.

Había que estar en guardia, en esos tiempos, para no pensar demasiado, no fuera cosa que al hilo de la imaginación uno pudiese incurrir en herejía, pensar, en un burdo pero no menos real esquema, llevaba a la muerte.


Más aún, uno podía tener la fortuna, o la desgracia, de quedar “pegado” a un hereje. Venía un cura a predicar al pueblo, convencía a unos cuantos de la justeza de sus opiniones y todo el pueblo lo aclamaba como un gran teólogo. Entonces, salido no se sabía muy bien de donde, aparecía el obispo, o quien fuese, diciendo que las opiniones de ese tal cura eran herejía… y todos cuantos lo había seguido, muchas veces sin saber muy bien de qué iba la cosa, eran estigmatizados, a su vez, como herejes. ¿Cómo estar seguro si a veces ambos bandos se llamaban herejes mutuamente?


De este modo nuestra sociedad se acostumbró a ocultar sus pensamientos, a murmurarlos en secreto, a guardárselos para sí y, también, a criticar fieramente las opiniones de los demás. El otro, si deducía cosas opuestas a las mías, era un sospechoso, un hereje, un criminal y como tal apenas si merecía piedad.


Con el tiempo no se habló más de herejía, porque la Iglesia estaba siendo dejada de lado, pero la idea siguió presente. Anarquista, democrático, libertino fueron algunos de los sinónimos de hereje en el siglo XIX, librepensador, comunista o zurdo los sustituyeron en el XX y, sin duda, encontraremos otros en este XXI para designar a los que se atreven a cuestionar el orden establecido.



¡Habrase visto tamaña insolencia!

¿Opinar libremente?

¡Pamplinas!

¡A la hoguera con el hereje!

lunes, 9 de febrero de 2009

El Horla (después de la lectura del cuento de Guy de Maupassant)


Viene, ya vino quizás, y no lo vemos.
Guy, sí, y enloqueció por ello.
En tres cuentos diferentes intentó plasmar sus terrores crepusculares. Sin duda, el diario es el más logrado.
¿Cómo concebir un ser que no podemos ver?
¿Cómo sentirlo?
Existiría, dijo Howard Phillips, si nos hiciera daño.
Bebe nuestra agua por la noche, chupa nuestra vida, está allí y a la vez fuera de allí (hors de là) por eso quizás le llamó el Horla.
Alguna vez imaginé, en un relato inédito e inconcluso, que moraba en las islas. Los incendios, tan repetidos, serían el indicio de su presencia, o más bien de sus huidas.
Leo una vez más las páginas de Maupassant. No está loco, como afirman, lo ha visto y ante su presencia se ha aterrorizado.
Me pregunto, sin embargo, ¿no sentirá aún más temor el Horla cuando nos contempla por encima del hombro?

Vuélvete, no lo verás, pero está allí, detrás de ti.

Curioso, tanto tú como él, temen.

miércoles, 4 de febrero de 2009

¿del caúcaso?


- Aquí está la víctima.

- ¿Qué datos hay?- pregunta el inspector.

Consultado sus apuntes, responde el policía:- Varón, 44 años, caucásico...


Una escena clásica en las películas estadounidenses. Caucásico, el televidente lo sabe o lo deduce, implica una persona de raza blanca, más concretamente alguien procedente del norte de Europa... nunca se dirá caucásico para referirse a un mexicano, que se denomina hispano, mucho menos para un georgiano, azerí o armenio, nativos del Caúcaso.

El Caúcaso, en efecto, es una cordillera en los límites entre Europa y Asia. La tierra donde los griegos imaginaron la prisión de Prometeo, el Vellocino de Oro y las ariscas Amazonas; lugar de guerras entre Roma y los Partos, Bizancio y los Árabes, Rusia y los Turcos...

¿Qué tienen que ver estas montañas con la gente que, suponen, tienen la piel blanca (en realidad distintas variedades de rosado)?

En el 1800, el científico alemán Blumenbach, identificó a esta región como la cuna de los europeos y el lugar donde este grupo (raza dice él) tiene su tipo más acabado. Eran los tiempos "felices" de una antropología ingenua que encontraba equivalencias entre el físico, la cultura y la moral de los pueblos. Cuando se hacía migrar a las razas en épicas invasiones y los europeos se sentían los descendientes de una antigua raza llamada indoeuropea o aria...

Los indoeuropeos, ciertamente, no eran una raza, sino un grupo de pueblos cuyas lenguas están emparentadas. En efecto tanto el latín, como el germánico, el griego, el persa y el sánscrito, por citar algunas, descienden de una lengua común más antigua, a la que se denomina indoeuropea, por las regiones donde se habla, indogermánica (por chovinismo alemán) o aria en referencia a una tribu del antiguo Irán...

Ahora bien, como el idioma indoeuropeo parece haberse originado en la región de los montes Caúcaso; el gentilicio caucásico, como registra la Real Academia Española, pasó a designar al supuesto pueblo hablante original de esa lengua.

Un caucásico es, pues, una entidad altamente hipotética; el supuesto miembro, de la supuesta raza que hablaba la supuesta lengua indoeuropea... Un mito casi tan fantástico como el de Prometeo.


El término, sin embargo, fue popularizado en los Estados Unidos por el antropólogo Carleton Coon.

Este estudioso, sagaz, notable, pero algo racista, identificaba a los caucásicos con la raza blanca que, según él, comprendía diferentes grupos humanos; entre ellos los árabes, los indios (de la India, claro) y los bereberes.

A pesar de que sus concepciones quedaron obsoletas, el uso del término se generalizó, pero restringiéndose a los europeos y de éstos a los que tienen sus antepasados en el norte de Europa... categoría que recogió la oficina del Censo norteamericana.

Un caucásico es, entonces y sólo en los EE UU, un blanco y un blanco que procede de Gran Bretaña, Irlanda, Alemania, Francia, Bélgica y algunos otros contados países europeos...

Caucásico viene a ser la manera pretendidamente científica que tienen los "americanos blancos" de referirse a ellos mismos y a sus supuestos ancestros.

- Bien hecho, inspector, pero ¿cómo supo que el asesino era un censista?

- Elemental, porque sólo un censista cree que puede clasificarse a la gente por su raza...

jueves, 22 de enero de 2009

Miércoles; 16 y 30


No te vayas
Es temprano para huir
Y muy tarde para faltar a nuestra cita.
No te vayas
No te pido palabras
Ni siquiera pretendo una caricia.
No te vayas
Simplemente permanece
Que en este mundo
Donde todo
Todo
Se desvanece sin remedio
Me gustaría saber que estás
A mi lado en esta tarde

miércoles, 21 de enero de 2009

On inaccuracy


De Hillaire Belloc:

Inaccuracy is a God...At least, some God guides it... Inaccuracy is a very fruitfull and powerfull creator of things. It not only creates legends, it create words. There are hosts and crowds of words... through the inspiration of inaccuracy, wich is blown into men by this God of whom I speaks...

Nada más cierto!

martes, 13 de enero de 2009

Antisemita?






La guerra, esta que tan de cerca nos golpea pese a parecer lejana, nos hace también pensar sobre esas palabras que usamos para designar, para etiquetar, para marcar a las personas y poder clasificarlos cómodamente: "Este es un..." lo que sea.

Muchos de nosotros condenamos los ataques del estado de Israel contra la Franja de Gaza. Una guerra, ¿se le puede llamar así? premeditada y que responde a móviles un poco más complejos que la defensa contra el terrorismo. Condenar a Israel, por supuesto, no significa avalar a Hamás, ni siquiera debería ser idéntico a promover la causa palestina; considerar que esta "operación militar" tiene características de masacre no supone más que eso: censurar las acciones de un estado, en este caso el israelí.
Nada más, nada menos.

Aquí, empero, la cosa se complica porque un estado concreto; Israel asume en sí la identidad de un pueblo, una tradición religiosa y una cultura. Censurar al Estado de Israel es visto como un ataque al pueblo judío, como un acto de antisemitismo, como una verdadera agresión. Confusión interesada que no solamente es usada por los gobernantes de ese mismo estado sino también por sus enemigos.

Este blog, dedicado a las palabras, tiene algo que decir al respecto. Al menos para evitar confusiones y deslices de sentido que hacen el juego a la propaganda.

Semita y antisemita.
La palabra semita proviene de la leyenda bíblica, que heredan los cristianos y los musulmanes, de Noé.
El famoso sobreviviente del diluvio tenía, según esta historia, tres hijos de los cuales descendería toda la humanidad presente.
Los nombres de estos patriarcas son, según la traducción más común, Jafet; antepasado de los pueblos europeos, Cam; progenitor de las naciones vinculadas a Egipto y Sem, padre de los pueblos mesopotámicos.
El relato representa la manera en que los escritores de la Biblia se ubicaban en relación a sus pueblos vecinos. Sem, según su genealogía, fue ancestro de Abraham y, a través de él, de dos grandes naciones; los hebreos, por su hijo Isaac y su nieto Jacob, y los árabes, descendientes de Ismael el otro hijo de Abraham.
Algo de verdad había en esta esquemática asignación de parentesco, pues las lenguas de mesopotámicos (asirios y babilonios), hebreos y árabes tienen un origen común. De ahí que los lingüistas se refieran a ellas como "lenguas semíticas".
Un antisemita, stricto sensu, sería aquella persona que tiene prejucios o que abomina de alguno de estos pueblos. Modernamente quien denoste a árabes, judíos o incluso etíopes podría ser tildado de antisemita.
Sin embargo como los semitas más característicos del mundo occidental eran personas de la etnia judía, el término se reservó para aquellos que elevaban su odio hacia los judíos a la altura de un proyecto político.

Israel.
Israel es el nombre de una antigua entidad política del Cercano Oriente. El nombre parece provenir de la lengua cananea, virtualmente idéntica al hebreo, y puede significar tanto 'El (es decir Dios) lucha o 'El resplandece. Una etimología posterior la interpreta como Luchar con Dios.
Ciertos grupos de hebreos, palabra que significa fugitivos, se organizaron en torno al siglo XII antes de Cristo en una federación de tribus que adoptó este nombre; Israel. En el siglo IX a. C., esta federación se convirtió en un próspero reino con capital en Samaria que intervino activamente en la política regional hasta ser conquistado por el imperio Asirio cerca del 722 a. C. Los habitantes de la región, deportados sus dirigentes, tomaron el nombre de samaritanos, una pequeña comunidad de los cuales subsiste todavía en su tierra ancestral.
En la Biblia se relata buena parte de la historia de Israel, desde una perspectiva idealizada, y de esta manera el nombre llegó hasta nuestros días.
El estado creado por inmigrantes judíos procedentes de Europa tomó esta denominación; Israel en un intento deliberado de entroncar con la (pseudo) historia bíblica.
El gentilicio para los súbditos del antiguo Reino de Israel es israelita, a veces usado como sinónimo de judío, mientras que israelí es el que corresponde para los ciudadanos del estado moderno.


Judío.
La palabra proviene de Judá, denominación de la región montañosa de la antigua Canaán, considerada luego el nombre de un patriarca hebreo.
Los nativos de Judá, o judaítas, se unieron a la federación de Israel y le impusieron un rey; David, surgido de sus propios clanes. Después del reinado del hijo de David, Salomón, el reino de Judá se separó del reino de Israel y perduró hasta el 587 a.C. cuando fue conquistado por los babilonios. Una parte de la población fue deportada a Babilonia, especialmente los nobles y sacerdotes, y otra quedó habitando la región.
Una generación más tarde numerosos descendientes de la aristocracia judía volvieron al país y lo organizaron como un estado sacerdotal bajo el control de los persas primero, de los griegos depués.
En el siglo II antes de Cristo los sacerdotes macabeos derrotaron a los reyes griegos y crearon un efímero reino llamado Judea que cayó, más tarde bajo el protectorado romano.
En el año 66 de nuestra era los campesinos judíos se rebelaron contra Roma y fueron derrotados, perdiendo el control del territorio. Rebeliones posteriores determinaron la creación de una provinvia romana, llamada Palestina, en la región y la dispersión de la mayor parte de los judíos.
El pueblo o etnia judía sobrevivió a esta diáspora merced al lazo de unión que supuso la existencia de una religión común: el judaísmo.
En la primera mitad del siglo XX había numerosas comunidades judías, con diferentes grados de observancia religiosa, en la mayor parte del mundo, incluida Palestina. Generalmente eran una minoría que podía ser tolerada o perseguida, siendo utilizada por los gobernantes, de origen cristiano, como excusa para desviar la atención de las masas en momentos de crisis.
En Alemania, bajo el nazismo, se dictaron violentas leyes contra los judíos discirminándolos en casi todos los órdenes de la vida. Esta persecusión terminó con la deportación de millones de ellos y su posterior asesinato en campos de exterminio; a este hecho se lo conoce como Holocausto o Shoah.
Tras la derrota nazi, numerosos judíos emigraron a Palestina, entonces bajo mandato británico, donde se establecieron con la esperanza de constituir un estado propio. Este movimiento fue liderado por una ideología política de corte nacionalista llamada Sionismo y logró su objetivo fundando un estado democrático llamado Israel.
En lenguaje coloquial un judío es tanto el practicante del judaísmo, como el miembro de un grupo étnico particular. Se puede ser judío, en el sentido cultural, sin serlo en el plano religioso mientras que la conversión de personas étnicamente no judías es desalentada.

Sión y sionismo.
Sión era el nombre de la fortaleza situada sobre una colina de Jerusalén.
La Biblia usa el término para referirse a toda la ciudad y, por extensión, a la comunidad espiritual de los elegidos por su dios; Yahvé.
Los cristianos heredaron este uso pero, en muchos casos, se lo aplicaron a sí mismos en el convencimiento de que eran ellos los nuevos "elegidos de Dios".
De uso poético y metafórico durante siglos fue recuperado por un movimiento nacionalista surgido en el siglo XIX en las comunidades judías de Europa.
El sionismo, tal su nombre elegido por Nathan Birnbaum, fue fundado por el periodista austrohúngaro Theodor Herlz con el objetivo de crear un estado para la nación judía. El concepto se entronca con los movientos nacionalistas del período que propugnaban la consigna: "todo pueblo debe tener su propio estado".
Los principios básicos del sionismo son:
  1. la reunificación de todo el pueblo judío en el territorio del estado de Israel,
  2. el fortalecimiento de este estado y
  3. la preservación de la identidad judía,
  • estos tres objetivos están estrechamente relacionados y todos juntos son considerados como garantía de la protección de los derechos de los judíos, considerados como etnia, en cualquier lugar del mundo.
El sionismo ha agrupado en su seno numerosas corrientes ideológicas que, coincidiendo en los puntos arriba mencionados, representan tendencias divergentes dentro del movimiento, entre ellas existen el sionismo socialista, inspirado en la idea de revolución, que preconizaba la creación de granjas colectivas; kibutzim, el uso de la lengua hebrea, entonces conservada sólo en los textos sagrados, y de carácter decididamente secularista, incluso ateo.
Adversario de esta visión es el sionismo revisionista de Jabotinsky, fuertemente tradicionalista y centrado en el tema de la ocupación territorial.
Mientras que el sionismo socialista marcó el comienzo del estado de Israel y, formalmente, se mantuvo en el poder hasta los años 70, el sionismo revisionista, a través de su partido Likud, es dominante en la política israelí de las últimas décadas.
Importancia creciente tienen el sionismo religioso que impulsa el accionar de los colonos judíos en las áreas ocupadas; su lema es "El pueblo de Israel, en la tierra de Israel, según la Torá (Ley sagrada) de Israel". Un ejemplo evidente de unión entre mito, propaganda y nacionalismo.
Una corriente, importante entre los grupos evangélicos, es el llamado Sionismo cristiano que ve en el surgimiento del Estado de Israel el cumplimiento de las profecías bíblicas.
Más curiosa es la poco conocida existencia de algunos intelectuales musulmanes que apoyan abiertamente el sionismo.
Del otro lado existen minorías dentro del judaísmo que se definen como anti sionistas.

Es entonces, una falacia tanto histórica como lingüística, identificar al anti sionismo con el anti semitismo (en su acepción más estrecha), del mismo modo que no puede asimilarse la política de un estado moderno a los de predecesores semi legendarios que llevaron el mismo nombre y, mucho menos, suponer que el estado de Israel, por sí, representa al pueblo judío o al judaísmo en su conjunto.

Verbos copulativos


Sugerido por el blog de Bruce Windu

El verbo copulativo une al sujeto de la oración con el predicado nominal, es decir aquel predicado cuyo núcleo no es un verbo.

De manera más sencilla; el verbo copulativo une al sujeto con un atributo dado. Se dice que en este caso el verbo ya no tiene, o casi no tiene, significado, se limita a ser un nexo, un lazo, una cópula en el sentido más amplio del término.

Sabrina es hermosa o Gustavo está insoportable son, además de verdades evidentes, ejemplos de oraciones donde los verbos ser y estar funcionan como copulativos. Digo funcionan porque en la construcción: El gato está dentro (lo cual es verdad, ¡¡volvió a meterse el desgraciado!!) estar no cumple una función de unión, vale decir, no es copulativo.

Nuestra lengua reconoce unos pocos verbos copulativos, y uno de los pasatiempos de los gramáticos es descubrir algún otro que se nos haya pasado por alto. De mis tiempos del Normal 3 recuerdo sólo cuatro, recitados en cantinela, a saber: ser, estar, parecer y semejar.

Sin embargo parece que podemos encontrar algunos perdidos por allí como: yacer o andar (y otros) que pueden cumplir tareas de cópula.

En castellano, también en otras lenguas de las Españas, establecemos una diferencia, más o menos sutil, entre ser y estar: Distingo o discriminación que irrita bastante a cierto periodista porteño que suele despotricar contra ella preguntándose si para ser no es preciso estar...
El origen de este deslinde de sentidos tiene que ver con el uso que los primeros hablantes del castellano hicieron de las voces latinas esser (que se remonta al indoeuropeo: *hies y denota una simple unión para el atributo) y stare (literalmente: estar de pie, del indoeuropeo*steh). Ser implica una permanencia en la situación; es así y nada, o casi, podrá cambiarlo.
Estar señala, más bien, un estado temporal; por el momento está en esa circunstancia, pero alguna vez las tornas se volverán.
Por eso uno dice: soy feliz, pero con incurable optimismo, expresa: estoy triste.

El copulativo es una forma verbal propia de las lenguas indoeuropeas (pero no exclusiva) y representa un modo particular de ver el mundo. La función copulativa presupone un grado elevado de abstracción, cualidad que implica tanto pensamiento puro como, contracara dialéctica, puro pensamiento, en el cual la palabra, cuyo origen está en la denotación de un objeto, pierde su conexión con el mundo fisico para entrar en los dominios de lo social. El verbo copulativo es lo que llaman un morfema, o "palabra vacía" para utilizar la gráfica expresión china, y representa el primer intento de construir una lengua donde no sólo se indique algo, sino que se pueda establecer relaciones entre diferentes algos.


PY ahora, para dejar de lado tanta aridez gramatical... ¿qué tal este texto recogido al azar en la Trama?

domingo, 11 de enero de 2009

... y cuando no vienen las palabras


A veces se hacen rogar, por algo son damas. Damas de abolengo, añadiría, pues su prosapia se remonta a siglos olvidados. ¡Cómo llamarlas si portan en sí la sabiduría de los pueblos y los anhelos de los sabios!
Vendrán cuando ellas quieran e impondrán sus condiciones. Es su privilegio y su derecho. Es su incontestable primacía. Ellas me precedieron y vivirán cuando yo no sea más que la sombra del recuerdo, un nombre, si es que queda, en una lista borroneada.
Por supuesto que hay quien no las respeta. Ellas no se cuidan de él. Lo dejan hacer con displicencia propia de su señorío. Que las busquen en vano y las convoquen en frases de torpe apariencia; nada tienen que hacer con el torpe escriba. Ni siquiera lo reprenderán pues consideran que su ignorada ignorancia es castigo suficiente.
Otra cosa es con quienes las descubren por vez primera. Son todo dulzura en sus labios y se sonríen con picardía al oírse nombrar con sonidos cambiados o verse escritas en torpes, pero amables, caracteres. Un eslabón más se ha sumado a la cadena de su linaje, motivo de regocijo pero, ya no, esos tiempos han pasado, de vanos oropeles. Bien, se dicen, miren como nos nombra este pueblo pequeño que está creciendo... estamos vivas, hermanas... y ríen, y se repiten de un labio al otro, de una página a la siguiente, del cuaderno al libro de cuentos y del periódico a la página virtual.
Es verdad que a veces, como hoy, se niegan a presentarse. Es verdad que exigen claridad, que demandan seguridad y, sobre todo, tener algo que decir, es cierto que, hastiadas quizás de tanto abuso, opten por dejarme solo y cabalgar a lejanos territorios en su busca. En este día, cuando nada parecía presagiarlo, se han mostrado notoriamente esquivas. Es que creía necesitarlas, pero en verdad no había nada que decir, el terreno estaba cubierto de malezas y, por mi incuria, se negaron a venir.
No obstante el día en que llegan. ¡Que de alegría no alberga mi pecho!, ¡qué de cantos no estallan en mis labios! ¡qué maravillosa veo la vida cuando ellas, las palabras, acuden a mis manos y se dejan, mansamente, escribir!

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