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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Argiropolitanos

Argiropolitanos es un gentilicio y designa a los moradores (o nativos) de Argirópolis.

En vano fatigarás los diccionarios, e incluso las enciclopedias y atlas, buscando la mencionada ciudad. No existe, ni siquiera en algunas cuatro páginas adicionales de cierta Anglo-American Cyclopaedia, pero sus habitantes son reales, demasiado reales.

Argirópolis fue concebida por Sarmiento; el mejor escritor argentino del siglo XIX y el primer habitante de dicha ciudad. En su fértil imaginación sería tanto la Washington como la Nueva York de los Estados del Plata. Una ciudad capital a construirse, desde cero, en la estratégica roca llamada Martín García. Vale la pena leer su descripción y lamentarse, apenas un poco, de su ausencia sobre las aguas del Mar Dulce...


Huelga decir, pues, que nunca se construyó. Por corolario no tuvo habitantes, ni nativos, ni gentilicio. ¿De dónde, entonces, vienen los argiropolitanos que nos rodean?

Antes de ensayar una explicación de su origen comenzaremos por describirlos.

Los argiropolitanos son un fenómeno argentino y, probablemente, uruguayo. Se trata de personas, generalmente pertenecientes a los sectores medios (les encanta denominarse "clase" sin serlo) que uno podría denominar pequeño burgueses si no fuera algo pasado de moda hacerlo...

El argiropolitano, por lo general, ama a su país. Le fascina su geografía, habla con orgullo de los mil paisajes diferentes que ofrece, es un apasionado de sus recursos, una de sus frases favoritas es: "vos tirás una semilla y acá crece lo que sea, viejo, lo que sea", un incondicional de sus mujeres; "la minas más lindas del mundo" y un defensor acérrimo del ingenio de sus habitantes, entre los cuales, claro, se cuenta él mismo. Sí, el argiropolitano ama a la Argentina y al "gran pueblo argentino" que saludan los libres del mundo.

Ahora, eso sí, tiene algunos problemas con ciertos argentinos en particular:

Los indígenas, por ejemplo, que no eran gloriosos guerreros como los incas (atiborrados de oro, por lo demás), ni sabios astrónomos al modo de los mayas, ni siquiera políticos consumados al estilo azteca o, al menos, iroqués. Nada de eso, le suenan poco respetables nombres como chiriguano, comechingón u ona (que parece inventado para rellenar crucigramas) y se desilusiona cuando contempla los escasos restos materiales que dejaron; tanto así que es capaz de levantar una pirámide falsa para, al menos, dar la impresión de "antigua civilización" a las ruinas de los Quilmes... No está mejor con los indios de la Conquista del Desierto ¿cómo pueden Calfucurá, Catriel, Yanquetruz o Namuncurá medirse con Cochise, Toro Sentado o el ecológicamente falso Seattle?
Sin mencionar que el "pichi" ese Ceferino no puede ni compararse con Uncas, the last of the mohicans...


Menos afinidad siente hacia los gauchos. Ese estatus intermedio, de mestizo o aun de mulato, nunca le termina de gustar. Muy morocho para su gusto. Para colmo de males se caracteriza, cree, por su indolencia, su desprecio por las normas (no es que el argipolitano las respete a rajatabla, pero el gaucho...), su fama de matrero y esa predilección por seguir a caudillos bárbaros aficionados al degüello. El gaucho del Día de la Tradición es el que le cuadra; trabajador rural sin sindicato, leal a su patrón, inocente en su destreza campera, amigo de bromas y consumado cantor, bailarín de malambo y jinete. Una vez al año viste a sus hijos con "pilchas gauchas", devora dos docenas de empanadas, padece un escondido o un pericón torpemente coreografiados y grita un sincero: ¡Viva la Patria! Hasta el año que viene...

Claro que el gaucho, a pesar de todo, es argentino y merece cierto respeto. Los que odia de verdad, los aprendió a odiar en los bancos de la Primaria, son los españoles. No los "gayegos", esos vinieron después, sino los godos, los maturrangos, los realistas; los que vinieron con ese "tano medio pirata" de Colón. Cortés, Pizarro, la caterva entera de los Adelantados y los conquistadores de "la cruz en la espada", esos son sus enemigos jurados. Mataron indios a mansalva, cree saber, y destruyeron su cultura, su idioma, sus dioses, sus saberes ancestrales, afirma el argiropolitano leyendo un libro impreso, en castellano, bajo una cruz devotamente adornada, mientras toma la pastilla recetada...


Lo que no les perdona a esos esforzados varones de Castilla es, más que las muertes, pillajes y saqueos, haber nacido en Castilla. ¿Por qué, se lamenta, tuvieron que venir los españoles a colonizarnos?

¡Qué lástima que Sir Francis Drake o Sir Walter Raleigh no hubiesen desembarcado en la La Pampa (que se hubiera llamado The Pamp) y fundado Goodwinds, o Holy Faith, o alguna ciudad evocadora de las Midlands en las faldas de las Kalamoochitah Hills!


Para colmo de males está enterado, porque le gusta la historia, de las dos frustradas invasiones inglesas. Se ilusiona pensando en una Buenos Aires hablada en inglés británico... how nice it would!

Y no es que ame a los ingleses, piratas imperialistas que nos robaron las Malvinas, tampoco a ellos los quiere del todo nuestro argiropolitano. "Pero hay que reconocer, che..." dice con conocimiento de causa ..."que las colonias inglesas están mejor que nosotros" y pone los resabidos ejemplos de los Estados Unidos, Canadá y Australia (omitiendo, claro está la India y los países de África poblados, ya se sabe, por negros). Los yanquis, a los que detesta y admira, son su modelo, siempre que sepan hablar en francés...

Como negros africanos, legalmente, no quedan; suele lamentarse de su desaparición; que nos privó de ser envidiados por nuestro carnaval. Igual, no le gusta mucho ver a tanto cabo verdeano, guineano o angoleño paseando por Plaza Italia, la Peatonal o la Cañada... esos negros ¡ hummm!

Negros, pero de alma, son otros. Esos de los que piensa, magnánimo, "no todos son choros" aunque igual hay que cuidar la billetera, el celular y hasta las zapatillas de su rapacidad.
El negro, este negro, es el enemigo número uno del argiropolitano.



No se sabe muy bien de donde viene, quizás ni siquiera es argentino (más bien "paragua", "bolita" o "peruca"), pero lo cierto es que los odia y los teme con toda la fuerza de su alma. Se jacta de despreciarlos, propone esterilizarlos a todos, y sabe (con pruebas o sin ellas) que son vagos, piqueteros, borrachos, drogadictos, atorrantes, alcahuetes, soplones, criminales de nacimiento, canas (no le gusta la policía, prefiere a los militares pese a saberlos cobardes, pero la quiere en la esquina de su casa, bien armada de preferencia) de vocación e instintivamente peronistas porque el peronismo, sentencia, los acostumbró a vivir sin trabajar. Si el negro en cuestión es menor el argipolitano no tiene dudas; viene a robarle las zapatillas, mejor matarlo y tirar el cuerpo a la zanja, porque en la cárcel: "entra por una puerta y sale por la otra".

Indios, gauchos, españoles y cabecitas negras son los argentinos que han arruinado el país, sostiene el argiropolitano, pero no fueron ellos solos; los inmigrantes, salvo el nono o la bobe, también aportaron lo suyo para arruinar un suelo bendecido con todos los climas. Los inmigrantes muertos de hambre, trabajadores pero avaros, industriosos pero de pocas luces, europeos pero de la Europa más pobre; nunca se integraron del todo, comenta en las reuniones de la Famiglia Piemontesa o del Tiro Suizo, y poco hicieron para el progreso del país... sólo querían "hacer la América..."

Fuera de todos estos, el argiropolitano ama a la Argentina y a su pueblo del cual, él es el epítome consumado, la obra maestra, la quintaescencia por así decir.
Desde la isla donde vive, esa isla pergeñada por Sarmiento, el argiropolitano juzga, pontifica, compara (con los países más avanzados del mundo) y se lamenta.
¿De qué?
De sus compatriotas.





miércoles, 17 de marzo de 2010

Os defenderé, mi dama, con la solidez de mi tarja. ¿Aceptarán Visa?




La guerra es asunto serio, dice Sun Tzu. Y protegerse durante la batalla, también.

Entre los elementos de la panoplia, aún vigente, figura el escudo. Rodela manuable a veces, pesados trastos de madera y cuero como torres o como caparazones portátiles, el escudo fue siempre el elemento privilegiado de defensa; para el guerrero antiguo y para el policía antimotines.

Una antigua palabra indoeuropea, dergh, que tanto designa al borde como a la acción de aferrar, dio origen, entre los francos, a targa.

La targa fráncica, targe en francés e inglés, era un escudo de dimensiones variables que, novedad importante, tenía dos tiras de cuero para aferrarlo a la vez con las manos y, como un lazo, con el resto del cuerpo. Este vocablo dio, en español y desde principios del siglo XV según Corominas, tarja; definida como un gran escudo que cubría todo el cuerpo.

De tarja proviene nuestro moderno vocablo tarjeta, tarja pequeña, y también el inglés target; blanco, aludiendo a la costumbre de colocar una pequeña tarja (targette) para hacer puntería.



No paran allí los avatares de este escudo real y metafórico.



Porque como en la traja se pintaban los emblemas del caballero que la portaba, también la palabra deslizó su sentido al de emblema y, desde allí, al de una moneda que llevaba, por supuesto, las insignias reales.

Como podemos ver las nociones de escudo y protección no estaban lejos, casualidades o no, de las de dinero y caudal. La tarja nos protege, pero también el dinero es un escudo suficiente… y en aquellos tiempos ya se prefería la tarja acuñada a la tarja del guerrero.



En nuestro país hay una tarja famosa. Se trata de la donada por las damas de Potosí (hoy parte de Bolivia) al General Belgrano en homenaje por sus victorias de Salta y Tucumán. Belgrano, todo corazón y patriota de lo que ya no hay, la donó y fue exhibida durante varias semanas en los balcones del Cabildo. Está, si mis datos no me fallan, en el Museo Histórico Nacional. Es un escudo de un metro setenta, barroco, de plata y con adornos de oro. Vale la pena contemplarlo un largo rato, por su rara belleza y su profunda simbología americana.



Fue por esas épocas que la palabra tarja dejó de usarse, excepto en alguna regiones hispanohablantes donde devino en marca de venta al fiado; tal vez por contaminación con tajar.

El diminutivo, por su parte, cobró una nueva vida. De escudo pequeño, pasó a ser emblema dibujado en un trozo de cartulina, y se convirtió en uno de los símbolos del largo siglo XIX; la tarjeta de visita.

La tarjeta de visita era el escudo heráldico de los burgueses. Si el caballero antiguo pintaba sus armas sobre la tarja, el moderno gentilhombre del dinero y de la industria, grababa sus iniciales en la blanca superficie de la tarjeta. Si los toques del rival sobre el escudo representaban modos y figuras del desafío, los dobleces del próspero hombre de negocios sobre su tarjeta de visita indicaban diversos eventos de la vida social y comercial.



Así mismo aquella fue la época de la tarjeta postal. El testimonio icónico de los viajes, de la recreación, de la posibilidad de ir más allá por obra de la fortuna, del trabajo o de la cortesía.


De estas tarjetas de cartulina a las modernas tarjetas plásticas hubo un solo paso, y se dio en el siglo XX.

Cuenta la leyenda urbana, a todas luces falsa pero ilustrativa, que un opulento individuo, en los portentosos Estados Unidos, se encontró sin blanca al final de la cena. Urgido a pagar la cuenta se convirtió, sin quererlo en el predecesor de tantos; echó mano de una tarjeta (unos dicen de su exclusivo club, otros con su nombre impreso) y la entregó al camarero asegurándole el pago de la deuda contra su presentación al día siguiente. El mesero aceptó la tarjeta, sin pedir otra validación pues eran otros tiempos, y la cuenta, nos cuentan, fue saldada en el plazo previsto.

Había nacido, mito mediante, la tarjeta de crédito.

En otros sitios, más oscuros y nada suntuosos, las tarjas seguían siendo una caña o palo sencillo en que por medio de muescas se va marcando el importe de las ventas, hasta el punto que tarjar era sinónimo de adeudar y en México de hacer muescas en un arma para llevar la cuenta de los muertos

Como sea.

Las tarjetas, de visita, postales o de embarque, así como las que exhibe el árbitro de fútbol ante una jugada desconsiderada, se volvieron emblemas en sí mismas. Las últimas en llegar, las de crédito, se han vuelto las más populares en estos tiempos de consumo e inflación controlada.


Y no olvidemos, porque la estamos usando ahora mismo, a la escondida pero indispensable tarjeta de memoria. Escudo contra la pérdida de datos.



Las tarjas, sin embargo, ya no se usan más. Ahora es el tiempo de las tarjetas, las pequeñas tarjas que nos defienden de los presupuestos ajustados, de los vencimientos inesperados y los regalos ineludibles. Unos broqueles pequeños y minimalistas que, como todo escudo, pueden protegernos pero también, recordemos los combates homéricos, hacernos tropezar y perecer bajo el peso de la pequeña tarja; la tarjeta.




lunes, 19 de octubre de 2009

Argentina




Ahora que, en la más rancia tradición ventajista (oportunista, aprovechado, desaprensivo, pícaro, listo, vivo elíjase la que mejor corresponda) la Invicta República Argentina ha clasificado para el Mundial de Fútbol... y al que no le guste (bueno, en otra entrada lo contamos) me parece interesante dar algunas precisiones acerca del nombre de nuestra patria; tierra reservada a todos los hombres (y mujeres, supongo) del mundo que quieran habitarla. Argentina es un adjetivo que se convirtió en sustantivo. Es decir que una palabra que servía para calificar una cosa devenida en nombre de otra cosa; en este origen gramatical se debería ver, como en cifra, el destino de la nueva y gloriosa nación. No vamos a repetir aquí algo archisabido: argentina es un adjetivo poético derivado, en última instancia, del latín (y antes del indoeuropeo si me apuran) argentum.

Lo cierto es que el nombre se utilizaba mucho tiempo, siglos, antes de que algún europeo se diese una vuelta por estos pagos.

En efecto, en el centro de Europa, doce años antes de Cristo, un general romano (Druso, emparentado con la familia imperial) fundó un campamento militar.

Lo llamó Argentoratum, que podría significar, con cierta concesión a la poesía; "Recinto en el río plateado". Con el tiempo devino en una ciudad próspera y, pese a invasiones y reconquistas, sobrevivió.

Durante la Edad Media los textos latinos se referían a ella con el nombre de Argentina. Y este es el primer uso atestiguado del nombre que hoy nos distingue como topónimo.


Sin embargo la denominación, tan sugerente, latina fue cambiada por los francos quienes la nombraron: Ciudad de los Caminos (lo cual es cierto pero no tiene un adarme de poesía) en su lengua; Strateburg... hoy es Estrasburgo. Como testimonio de aquel origen latino, en Roma existe, al día de hoy una plaza que lleva el nombre de Largo di Torre Argentina donde antaño se alzó el palacio y la torre de un potentado nacido en Estrasburgo. Esta plaza es famosa por su gran teatro (teatro Argentina del siglo XVIII)

y por ser un tradicional refugio de los abundantes gatos vagabundos de Roma.., ¡hablo de los felinos, por supuesto!


Otra Argentina, que al día de hoy conserva su nombre, se encuentra en Savoya (también en Francia), tiene menos de 900 habitantes y se llama así por las minas de galena (plomo con trazas de plata, en un tiempo sirvió para construir receptores de radio) que hay en sus alrededores. En los Estados Unidos se cuentan al menos cuatro poblados llamados Argentina, el más notable en Kansas llamado anteriormente City of Silver (Ciudad de la Plata) donde habitó el famoso profeta indígena Tenskwatawa hermano del no menos famoso guerrero Tecumseh.

Continuará

martes, 13 de octubre de 2009

La de Dios es Cristo




Raigambre tiene esta frase, más propia de la península que de América (por lo que sé), pues se remonta a los primeros siglos de la Era Cristiana.

Armarse "la de Dios es Cristo" implica una gran discusión, con ribetes de riña y hasta, si me apuran, efusión de sangre... "la de San Quintín" dicen algunos, con referencias más modernas, o "arder Troya" exclaman otros de talante homérico.

¿De dónde viene esta expresión? Si Troya es una alusión transparente, todos o casi, sabemos que fue sitiada y destruida por culpa de la bella mirada de Helena, y San Quintín, con un poco de historia, nos remite a una famosa batalla (entre españoles y franceses, cuyo resultado más duradero es el Escorial, construido para conmemorarla) ¿que tienen que ver Dios y Cristo a la hora del combate?

Mucho, para vergüenza de sus seguidores.

Como todas las sectas, la de los seguidores de Jesús, un personaje histórico del siglo I, se caracterizaban por dos cosas; los altos índices de relación entre sus miembros y, en concordancia, un extremo grado de conflictividad interna.

Mientras fueron perseguidos poco tiempo tenían, pero igual lo aprovechaban, para denunciarse mutuamente. Cuando el emperador romano Constantino, por motivos demasiado complejos para un simple blog, decidió "legalizarlos" las cosas cambiaron.
Los cristianos pasaron de ser un grupo marginal y apenas tolerado para transformarse en un importante sostén del poder político y, finalmente, a desempeñar ellos mismos una parte importante de este poder. Otro día hablaremos de las implicaciones, negativas y positivas, de este proceso.

El caso es que uno de los motivos de polémica entre los seguidores de Jesús es su condición humana.
Todos estaban de acuerdo en que se trataba de alguien extraordinario, pero discrepaban a la hora de graduar esa cualidad.

¿Un simple hombre revestido del poder de los antiguos profetas?
¿Un maestro de sabiduría inspirado por Dios?
¿Un ser astral descendido a este mundo material y corrupto?
¿Un ente espiritual que aparentaba ser humano?
¿La creatura más noble concebida por Dios?
¿El hijo de Dios, apenas un poco inferior a Él mismo?
¿Dios hecho hombre?

El hecho de que los escritores más antiguos del movimiento no fueran claros en este punto (en especial por provenir de otro medio cultural) y se refieriesen despreocupadamente a Jesús como Hijo del Hombre, Hijo de David, Hijo de Dios, Señor, Cristo o Dios no facilitaba la labor exegética, pero permitía ese tipo de discusiones a las que tan afectos eran (¿son?) los cristianos.



De todas las respuestas existentes, dos se perfilaron como las más exitosas y contaron con una organización eclesiástica tan eficaz que, durante un tiempo, era difícil saber cual de ellas prevalecería.

Unos eran los ortodoxos, palabra que significa "de la recta opinión", quienes sostenían que Jesús era Dios y Hombre al mismo tiempo (el cómo de todo esto llevaría más tarde a nuevas disputas que se dirimirían con intrigas, erudición y sangre) y que se podía hablar de la Divinidad como una Trinidad en la Unidad. Agregando, para los malévolos y socarrones, que esto era un Misterio de Fe, que los caminos de Dios son inescrutables y que, en definitiva, debía ser creído porque era absurdo...

Los otros fueron conocidos como arrianos, por Arrio el primero en sistematizar sus doctrinas, pero el mote les fue impuesto al calor de la lucha; si hubiesen triunfado quizás serían recordados como los ortodoxos... La teología arriana sostiene que Jesús es el ser más excelso jamás creado, superior a los ángeles y a los hombres, cercano hasta la intimidad a la Divinidad; pero no es, de ninguna manera, Dios.

El arrianismo tuvo mucho predicamento en su momento. A primera vista no exigía los malabares semánticos de la ortodoxia y podía compatibilizarse mejor con las demás creencias del Imperio. Un Cristo, hijo predilecto de Dios, estaba en la misma línea que Apolo o Hércules, Mitra e incluso el propio Alejandro Magno. Al emperador Constantino, incluso, le resultaba tan aceptable que fue bautizado, en su lecho de muerte, por un obispo arriano. Los ortodoxos, empero, no se quedaban atrás y un tiempo antes habían convencido al emperador de convocar a un concilio, el primero de los ecuménicos, que tuvo lugar en la ciudad de Nicea y adoptó sus puntos de vista como normativos para los siguientes mil años.

Así las cosas había un empate, podríamos decir, entre ambas posturas; la que pensaba que Cristo es un dios (arrianos) y las que sostenían que Cristo es Dios (ortodoxos). No eran cuestiones ajenas a los intereses de la gente, una eficaz campaña publicitaria lo había convertido en tema de discusión cotidiana, buena parte de la vida social del Imperio pasaba por definir en qué bando teológico se encontraba uno, ser arriano u ortodoxo se reflejaba en la moda, en las expresiones y ¡hasta en los colores del equipo deportivo del Hipódromo!

Era esta también la época de las invasiones de los bárbaros, grupos de pueblos de Europa Central que buscaban refugio y mejores condiciones de vida, en el seno del Imperio, sea por medio de la guerra, el pillaje o el enrolamiento en las legiones.





Entre estos pueblos destacaban los godos, quienes conocieron al cristianismo en el momento en que triunfaba la teología arriana y, por lo tanto, la adoptaron como propia.

Durante tres siglos, entre el cuarto y el séptimo de nuestra era, la discusión sobre la naturaleza de Jesús fue motivo de disputa, de intrigas, de conspiraciones y de guerras civiles. Cuando los godos, finalmente, invadieron la mitad occidental del Imperio, sus reyes se encontraron gobernando sobre dos poblaciones diferentes, sus propios súbditos, godos y arrianos, y los nativos, romanos y ortodoxos. Dos iglesias, dos cleros, dos comunidades conviviendo en el mismo país en permanente tensión.

En España la situación fue particularmente difícil; los reyes godos (visigodos para ser más precisos) debían enfrentar a una ortodoxia bien preparada y muy respetada por la población local pero siempre sospechosa de colaborar con el lejano emperador en sus intentos de reconquista... Se trataba, por lo demás, del último territorio donde subsistía la iglesia arriana.

El rey visigodo Leovigildo, consciente de esta situación, intentó unificar ambos pueblos por medio de la conversión de los católicos al arrianismo; testimonio de su fracaso fue la conspiración de su propio hijo, Hermenegildo, para apoderarse del trono con el apoyo de los católicos; descubierto y muerto (mártir según los ortodoxos) su hermano Recaredo optó por seguir su ejemplo y, tras la muerte de su padre, se volvió católico junto con los demás nobles godos. El arrianismo, oficialmente, había dejado de existir.

Algunos autores, sin demasiadas pruebas, consideran que corrientes subterráneas de arrianismo permanecieron ocultas durante ciento cincuenta años hasta fundirse con los musulmanes procedentes del norte de África, cuya religión, argumentan, tiene muchos puntos de contactos con la teología arriana.

Sea como sea, el recuerdo de tantos siglos de luchas, de conflictos, de querellas tratando de demostrar que Dios es (o no es) Cristo dejaron una huella profunda en el recuerdo de los españoles hasta el punto que, después de haber mudado de lengua dos o tras veces (latín, godo y árabe) la expresión permaneció por mil y pico de años como testimonio de hasta donde puede llegar la intolerancia y el fanatismo.


La de Dios es Cristo, porque, para defender nuestra idea de Dios somos capaces de matar a los mismos que, decimos, Él ama por encima de todo.









miércoles, 11 de febrero de 2009

Hereje; el opinador


Si quisiéramos hacer una breve historia del pensamiento occidental podríamos tomar cuatro o cinco palabras y analizar su etimología. Sería muy instructivo para ver cuáles son nuestras maneras de pensar.

Una palabra es, por cierto, una forma de ver el mundo, un registro de nuestras percepciones más arraigadas.

Y como decía Claudio: Ni malicia, ni favor para nadie…


Si preguntamos a alguien con mediana instrucción ¿qué es un “hereje”? probablemente nos dirá que se trata de alguien que se aparta de la línea establecida, una persona que de alguna manera se opone a todo cuanto sus vecinos consideran justo, recto y verdadero.


Si profundizamos en el asunto, encontraremos expresiones como “la necesidad tiene cara de hereje” que nos remite a una, evidente pero triste, verdad; cuando necesitamos algo no dudamos demasiado acerca de los medios que deberemos emplear para lograrlo… También, en ciertos lugares de nuestra amplia “castellanidad”, veremos que el término hereje alude a lo falso, lo horrible o, directamente, lo procaz.


Durante siglos el hereje fue el otro, temido, “maldito”, portador de siniestras intenciones. Más tarde, en el siglo pasado sobre todo, el hereje era el alternativo, aquel que se atrevía a cuestionar el orden vigente.



La palabra castellana hereje, dice la Real Academia que su etimología más cercana está en el provenzal eretge (lo cual de ser cierto sería notable), proviene del vocabulario eclesiástico. Es una de aquellas expresiones que la Iglesia Católica conservó desde la Antigüedad y que alcanza su más pleno sentido en el denso entramado de sus enseñanzas.


Un hereje es, para esa religión, una persona que niega o pone en duda alguna de sus doctrinas, supuestamente reveladas por Dios. Por carácter transitivo, un hereje es, entonces, alguien que se atreve a negar lo que ha dicho el mismo Dios, un ser tan obstinado que osa desafiar a la divinidad… y a la Iglesia que, humildemente, la representa.


Esta persona, por definición, no puede ser un extraño, sino un miembro de la misma comunidad de creyentes que, con su gesto, la rompe y la pone en entredicho.


¡Vaya!, no extraña que fuesen tan odiados; decirle no a Dios, ¿qué efectos puede causar si ese mismo Dios se define a sí mismo como celoso? Negarse a la palabra revelada ¿no entrañará un terrible castigo no sólo sobre el negador sino sobre aquellos que permiten su presencia? De aquí a la hoguera hay un corto paso.


Si nos vamos más atrás en el tiempo, a los siglos en que la Iglesia era una pequeña comunidad perseguida (como los Gremlins ¿recuerdan la película?), encontraremos que la palabra hereje ya existía, si bien en un formato ligeramente distinto.


Se hablaba griego, era la lengua del comercio, la ciencia y la moda, y en griego herejía es aïresis (αἵρεσις) palabra de uso en el vocabulario filosófico.

Aïresis no quería decir más que seleccionar, elegir, y designaba a aquella persona que, en el ámbito del pensamiento, discierne, elige, libremente sus ideas. Un hereje, pues, no sino una persona con sentido crítico.


Hereje es aquel que se atreve a pensar por sí mismo, aquella que no acepta mansamente lo que le dicen y cuestiona las supuestas verdades, uno que quiere usar su propia cabeza, una que investiga y opina.


Jesús, y sobre todo sus seguidores, fueron descriptos como herejes. De hecho si uno busca esta palabra en la Biblia encontrará que la usan los que acusan a Pablo de Tarso: “este es uno de los líderes de la herejía de los Nazarenos” sin que, en el texto, la expresión sea particularmente ofensiva: se describe al dirigente de un grupo de personas que “opinan diferente acerca de la Ley judía”.


Un poco después la palabra, unida a epítetos tan terribles como “de perdición” o “lleno de maldad”, comenzó a ser usada en el sentido que reseñamos más arriba.


El hereje, para los cristianos, era el creyente (nunca el no bautizado que sólo se considera “infiel”) que opinaba de manera diferente del resto de la comunidad, pero especialmente, de sus autoridades. Un rebelde, un sedicioso, un subversivo, un traidor, una artera serpiente y, en efecto, estas palabras son usadas por los Santos Padres para designarlos. ¡Atiza con los Santos!


Cuando la Iglesia logra el poder, cuando todo el Imperio romano se vuelve, por predicación o por decreto, cristiano; los insultos son sustituidos por métodos más efectivos. Dado que Dios ha prohibido matar, la Iglesia adquiere el poder de juzgar, de entre los suyos, a los herejes (o sea a los que piensan distinto), y una vez convictos de su crimen, los entrega a las autoridades estatales para que ellos, actuando en virtud de las leyes que sancionan la convivencia, los condenen (a este acto se le llamaba “relajar al brazo secular”) generalmente a muerte en la hoguera… preocupada por el bienestar del hereje, la Iglesia solía recomendar misericordia, por lo cual muchas veces antes de quemarlo se le desmayaba.


Eso sí, no podía condenarse a alguien sin juicio (un juicio durante el cual el acusado era considerado culpable hasta demostrar lo contrario) ni tampoco juzgar como hereje a quien no fuese cristiano; un judío o un musulmán, por ejemplo.


Es decir que durante casi dos milenios el pensamiento libre, la opinión personal, la crítica y la reflexión fueron considerados crímenes punibles, incluso, con la muerte.

Había que estar en guardia, en esos tiempos, para no pensar demasiado, no fuera cosa que al hilo de la imaginación uno pudiese incurrir en herejía, pensar, en un burdo pero no menos real esquema, llevaba a la muerte.


Más aún, uno podía tener la fortuna, o la desgracia, de quedar “pegado” a un hereje. Venía un cura a predicar al pueblo, convencía a unos cuantos de la justeza de sus opiniones y todo el pueblo lo aclamaba como un gran teólogo. Entonces, salido no se sabía muy bien de donde, aparecía el obispo, o quien fuese, diciendo que las opiniones de ese tal cura eran herejía… y todos cuantos lo había seguido, muchas veces sin saber muy bien de qué iba la cosa, eran estigmatizados, a su vez, como herejes. ¿Cómo estar seguro si a veces ambos bandos se llamaban herejes mutuamente?


De este modo nuestra sociedad se acostumbró a ocultar sus pensamientos, a murmurarlos en secreto, a guardárselos para sí y, también, a criticar fieramente las opiniones de los demás. El otro, si deducía cosas opuestas a las mías, era un sospechoso, un hereje, un criminal y como tal apenas si merecía piedad.


Con el tiempo no se habló más de herejía, porque la Iglesia estaba siendo dejada de lado, pero la idea siguió presente. Anarquista, democrático, libertino fueron algunos de los sinónimos de hereje en el siglo XIX, librepensador, comunista o zurdo los sustituyeron en el XX y, sin duda, encontraremos otros en este XXI para designar a los que se atreven a cuestionar el orden establecido.



¡Habrase visto tamaña insolencia!

¿Opinar libremente?

¡Pamplinas!

¡A la hoguera con el hereje!

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