domingo, 7 de abril de 2013

Familia sindiásmica

Una de mis dos nonas (nunca les dije abuelas) preferidas era María Racamato. Me mimaba quizás excesivamente y se hacía ilusiones sobre mi presunta capacidad intelectual que eran, a todas luces, infundadas. Yo no era más que un chico con buena memoria.
Eso no me importaba mucho entonces, porque lo que quería era hacer mi santa voluntad y con mi nona ese sueño era, casi, una realidad.
Una de las vecinas de mi nona, Dora, también me tenía afecto y, conociendo mi afición por la lectura, me franqueó la biblioteca de su hija; fallecida recientemente. Entre la tristeza por el motivo del regalo y la expectativa por la promesa de los libros recuerdo que entré en aquella pieza de una joven universitaria como quien ingresa a un santuario. Los libros de los muertos son, si cabe, más intimidantes que los libros que uno canjea, compra  o recibe como regalo. Llevan en sí algo del hálito de aquella persona, un poco de su vida adherida aún a las páginas desgastadas, el eco de su voz en las anotaciones marginales.
De toda aquella biblioteca, parte de la cual me era ofrecida, recuerdo con especial cariño el libro, enorme y enteramente rústico que ocupa mi escritorio ahora mismo.

Lewis H. Morgan, dice en su tapa de cartoné, La Sociedad Primitiva, se lee en una curiosa tipografía que me recuerda a las cintas de Moebius. Un busto de Engels, entonces desconocido para mí, proyecta una sombra que resulta en el busto de Pavlov. El libro es de edición mexicana, de aquellos gloriosos tiempos en que la Revolución no era tan Institucional, y tiene un prólogo erudito y casi coloquial de nuestro Alfredo Palacios. 

Como todo anda por la red, me excuso de escanear mi ejemplar. Este es casi idéntico:

Cuando lo leí por primera vez, a mi modo salvaje y compulsivo, apenas si pude entender palabra. Me apasionaban los nombres exóticos y copié unos cuantos, amaba las lenguas extrañas y recopilé palabras. Poco me interesó el resto.

Más tarde supe quien era Morgan, conocí la admiración que Marx y Engels le testimoniaron y sesudos profesores universitarios me aseguraron que estaba totalmente demodé...

Pasaron los años. El tema que Morgan trata, el origen de la familia, llegó a tocarme muy de cerca. Matrimonio, hijos, felicidad, osadía, amargura, traición, divorcio, distancias impuestas, volver a empezar, un nuevo amor más pleno. No era cuestión de estudio. Sino de mi propia vida.


Uno, claro, no puede transitar las cosas sin más. Uno busca amigos para confiarles las penas, con quienes compartir ideas, a los cuales pueda escuchar con provecho. En mi caso, pocos amigos reales, los libros siempre me acompañan en los buenos y malos momentos.

Así que una y otra vez regresé a Morgan.

Y entre sus investigaciones  muy antiguas, es cierto, superadas, verdad, pero sintetizadoras como la antropología malinowskiana nunca quiso hacer (no fuera que descubriera ciertas leyes peligrosas para el status quo ante) encuentro el tema del título: familia sindiásmica.

Al respecto dice Morgan:

El término viene de syndyazo, parear, syndyasmos, unir dos juntamente. Se fundaba en la pareja de un varón y una hembra, bajo la forma de matrimonio, pero sin cohabitación exclusiva. Fue el germen de la familia monógama. El divorcio o separación quedaba librado al albedrío del marido tanto como de la mujer.

Más adelante agrega:

El matrimonio no se basaba en los sentimientos , sino la conveniencia y la necesidad... sin embargo el vínculo no tenía más duración del que quisieran darle las partes... El marido podía, a voluntad,  abandonar a la esposa y tomar otra sin menoscabo, y la mujer gozaba del mismo derecho de abandonar al marido y tomar otra sin que infringiera las costumbres de su tribu... Cuando se producía el desapego entre cónyuges y se hacía inminente su separación, la parentela...de cada uno procuraba la reconciliación entre las partes y frecuentemente lograba su intento; pero si no conseguía salvar las dificultades,  aprobaba la separación. La esposa, entonces, abandonaba el hogar de su marido llevándose a sus hijos, que eran considerados exclusivamente suyos, y sus efectos personales sobre los que su marido no tenía derecho... cuando la parentela de la esposa predominaba en la vivienda colectiva, lo que frecuentemente sucedía, el marido abandonaba el hogar de la esposa.

Según Morgan este sistema de familia, en tránsito a la monogamia, era el más extendido entre los indígenas americanos al momento de la Conquista.

Engels, glosando a Morgan, escribe:

En esta etapa un hombre vive con una mujer, pero de tal suerte que la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un derecho para los hombres, aunque por causas económicas la poligamia se observa raramente; al mismo tiempo, se exige la más estricta fidelidad a las mujeres mientras dure la vida común, y su adulterio se castiga cruelmente. Sin embargo, el vínculo conyugal se disuelve con facilidad por una y otra parte, y después, como antes, los hijos sólo pertenecen a la madre.

Y añade este ilustrativo testimonio de un viajero del siglo XIX; Agassiz:

De una rica familia de origen indio refiere Agassiz ("Viaje por el Brasil, Boston y Nueva York"1886, pág. 266) que, habiendo conocido a la hija de la casa, preguntó por su padre, suponiendo que lo sería el marido de la madre, oficial del ejército en campaña contra el Paraguay; pero la madre le respondió sonriéndose: "Nao tem pai, e filha da fortuna" (no tiene padre, es hija del acaso). "Las mujeres indias o mestizas hablan siempre en este tono, sin vergüenza ni censura, de sus hijos ilegítimos; y esto es la regla, mientras que lo contrario parece ser la excepción. Los hijos... a menudo sólo conocen a su madre, porque todos los cuidados y toda la responsabilidad recaen sobre ella; nada saben acerca de su padre, y tampoco parece que la mujer tuviese nunca la idea de que ella o sus hijos pudieran reclamarle la menor cosa". Lo que aquí parece pasmoso al hombre civilizado, es sencillamente la regla en el matriarcado y en el matrimonio por grupos.

 Finalmente el "segundo violín de Marx", como gustaba definirse, explica (Engels, como la Clarissa de Melissa Joan Hart  lo explica todo):
La familia sindiásmica “es la forma de familia característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para que la familia sindiásmica evolucione hasta llegar a una monogamia estable fueron menester causas diversas de aquéllas cuya acción hemos estudiado hasta aquí. En la familia sindiásmica el grupo había quedado ya reducido a su última unidad, a su molécula biatómica: a un hombre y una mujer. . . Por tanto, si no hubieran entrado en juego nuevas fuerzas impulsivas de "orden social", no hubiese habido ninguna razón para que de la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas fuerzas impulsivas.
Lo que viene después, nos dice Friedrich, es la familia monógama que todos padecemos, es decir, conocemos...

Esto tiene implicaciones notables para esbozar una teoría de la familia y para indagar sobre su posterior desarrollo.

Siendo un fenómeno cultural, enraizado en la emergencia de los modos de producción históricos, la familia monógama tiene fecha de creación... y de caducidad.



Basta mirar un poco a nuestro alrededor para ver que la familia monógama, como pretende la tradición judeo cristiana, nunca llegó a imponerse por completo y que la sindiásmica parece ganar terreno en las prácticas conyugales realmente existentes. 

El futuro de esta institución, como ya el propio Morgan lo insinuó es imposible de predecir. Sin embargo uno puede imaginar un renacimiento, pero superador, de la familia sindiásmica en un futuro cercano a medida que las libertades personales se amplíen y se desarrolle una sociedad más igualitaria.

Chí lo sá?, dijo el tano, la cuestión es que entre las palabras perdidas, estas dos del título: familia sindiásmica, podrían volver a aparecer en los titulares de pasado mañana.

O en un video de Depeche Mode:





miércoles, 7 de diciembre de 2011

Escépticos

Hace unos meses atrás Mario Bunge estuvo en la Argentina. Con su habitual desenfado se explayó sobre sus temas favoritos e impugnó, como acostumbra, lo que él denomina pseudociencias. Atacó, en especial, al psicoanálisis; al cual califica de “macana” y dejó caer unas cuantas ironías sobre su vigencia en un país como el nuestro.

No me gusta Bunge, es bastante argiropolitano.

Acepto, perdón Ricardo, el psicoanálisis como un saber (saber, para ser coherente debería ir entrecomillado) válido.

Bunge y el psicoanálisis, por supuesto, son sólo una excusa.

Un pretexto para hablar de aquellos que, como él, se han atrevido a levantar la voz contra ciertas unanimidades.

Ante la caterva de magos, ocultistas, charlatanes y deshonestos que andan por este mundo nuestro vendiendo sus falsos misterios, muchos han reaccionado enérgicamente para decir:

- ¡Eh, un momento!, ¿qué pruebas tienes para afirmar cosas tan extraordinarias?

O, más directamente;

- ¡Dejá de batirla, che!

Estas personas, valientes para desafiar las convenciones y tenaces como todo aquel que está convencido de su misión, son (somos) conocidas como escépticos.

Un escéptico es alguien que duda.

No se trata de un negador sistemático, de un pesimista ni, mucho menos, de alguien de mente estrecha.

Es un hombre, o una mujer, que considera que la razón debería ser una guía para investigar el mundo.

Es un curioso que no se convence fácilmente.

Un inspector de ideas, si así lo prefieren.

Se ha dicho que el padre de la ciencia es el asombro, y es verdad, pero el asombro puede dar lugar a muy diversas conclusiones.

La madre de la ciencia, única como toda madre, es la duda.

Sin el asombro tendríamos una ciencia de lo obvio, de la banalidad, de lo ya sabido como les gustaba en La Comarca.

Sin la duda tendríamos saberes vagabundos, incapaces de formar una trama coherente. Meras opiniones, irrefutables por su misma individualidad. Religiones en suma.

El escéptico recupera la tradición científica de dudar y hace bien. Suele, una lástima, olvidarse del asombro y allí está su límite. No siempre puede reconocer que hay zonas oscuras, bancarse la niebla, el mapa incompleto, la propia tiniebla de su mente. De ahí que zonas límite, como el psicoanálisis, la política, la filosofía o las mismas artes, lo pongan nervioso. Como le pasa a don Mario, valiente sembrador de dudas, pero receloso ante el brote de lo nunca antes imaginado.

La razón iluminista, la que me gusta, no lo es todo. Hay dimensiones ocultas para las cuales no es suficiente, pero sigue siendo necesaria.

La razón, empero, es nuestra mejor arma contra la estupidez, la charlatanería, el fanatismo. Los escépticos la usamos como lupa, como linterna y como piedra de toque para decir:

- Veamos más de cerca esas pruebas.

- Iluminemos la escena de tu supuesta conspiración.

- No es oro todo lo que reluce.

Nada más y nada menos.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Argiropolitanos

Argiropolitanos es un gentilicio y designa a los moradores (o nativos) de Argirópolis.

En vano fatigarás los diccionarios, e incluso las enciclopedias y atlas, buscando la mencionada ciudad. No existe, ni siquiera en algunas cuatro páginas adicionales de cierta Anglo-American Cyclopaedia, pero sus habitantes son reales, demasiado reales.

Argirópolis fue concebida por Sarmiento; el mejor escritor argentino del siglo XIX y el primer habitante de dicha ciudad. En su fértil imaginación sería tanto la Washington como la Nueva York de los Estados del Plata. Una ciudad capital a construirse, desde cero, en la estratégica roca llamada Martín García. Vale la pena leer su descripción y lamentarse, apenas un poco, de su ausencia sobre las aguas del Mar Dulce...


Huelga decir, pues, que nunca se construyó. Por corolario no tuvo habitantes, ni nativos, ni gentilicio. ¿De dónde, entonces, vienen los argiropolitanos que nos rodean?

Antes de ensayar una explicación de su origen comenzaremos por describirlos.

Los argiropolitanos son un fenómeno argentino y, probablemente, uruguayo. Se trata de personas, generalmente pertenecientes a los sectores medios (les encanta denominarse "clase" sin serlo) que uno podría denominar pequeño burgueses si no fuera algo pasado de moda hacerlo...

El argiropolitano, por lo general, ama a su país. Le fascina su geografía, habla con orgullo de los mil paisajes diferentes que ofrece, es un apasionado de sus recursos, una de sus frases favoritas es: "vos tirás una semilla y acá crece lo que sea, viejo, lo que sea", un incondicional de sus mujeres; "la minas más lindas del mundo" y un defensor acérrimo del ingenio de sus habitantes, entre los cuales, claro, se cuenta él mismo. Sí, el argiropolitano ama a la Argentina y al "gran pueblo argentino" que saludan los libres del mundo.

Ahora, eso sí, tiene algunos problemas con ciertos argentinos en particular:

Los indígenas, por ejemplo, que no eran gloriosos guerreros como los incas (atiborrados de oro, por lo demás), ni sabios astrónomos al modo de los mayas, ni siquiera políticos consumados al estilo azteca o, al menos, iroqués. Nada de eso, le suenan poco respetables nombres como chiriguano, comechingón u ona (que parece inventado para rellenar crucigramas) y se desilusiona cuando contempla los escasos restos materiales que dejaron; tanto así que es capaz de levantar una pirámide falsa para, al menos, dar la impresión de "antigua civilización" a las ruinas de los Quilmes... No está mejor con los indios de la Conquista del Desierto ¿cómo pueden Calfucurá, Catriel, Yanquetruz o Namuncurá medirse con Cochise, Toro Sentado o el ecológicamente falso Seattle?
Sin mencionar que el "pichi" ese Ceferino no puede ni compararse con Uncas, the last of the mohicans...


Menos afinidad siente hacia los gauchos. Ese estatus intermedio, de mestizo o aun de mulato, nunca le termina de gustar. Muy morocho para su gusto. Para colmo de males se caracteriza, cree, por su indolencia, su desprecio por las normas (no es que el argipolitano las respete a rajatabla, pero el gaucho...), su fama de matrero y esa predilección por seguir a caudillos bárbaros aficionados al degüello. El gaucho del Día de la Tradición es el que le cuadra; trabajador rural sin sindicato, leal a su patrón, inocente en su destreza campera, amigo de bromas y consumado cantor, bailarín de malambo y jinete. Una vez al año viste a sus hijos con "pilchas gauchas", devora dos docenas de empanadas, padece un escondido o un pericón torpemente coreografiados y grita un sincero: ¡Viva la Patria! Hasta el año que viene...

Claro que el gaucho, a pesar de todo, es argentino y merece cierto respeto. Los que odia de verdad, los aprendió a odiar en los bancos de la Primaria, son los españoles. No los "gayegos", esos vinieron después, sino los godos, los maturrangos, los realistas; los que vinieron con ese "tano medio pirata" de Colón. Cortés, Pizarro, la caterva entera de los Adelantados y los conquistadores de "la cruz en la espada", esos son sus enemigos jurados. Mataron indios a mansalva, cree saber, y destruyeron su cultura, su idioma, sus dioses, sus saberes ancestrales, afirma el argiropolitano leyendo un libro impreso, en castellano, bajo una cruz devotamente adornada, mientras toma la pastilla recetada...


Lo que no les perdona a esos esforzados varones de Castilla es, más que las muertes, pillajes y saqueos, haber nacido en Castilla. ¿Por qué, se lamenta, tuvieron que venir los españoles a colonizarnos?

¡Qué lástima que Sir Francis Drake o Sir Walter Raleigh no hubiesen desembarcado en la La Pampa (que se hubiera llamado The Pamp) y fundado Goodwinds, o Holy Faith, o alguna ciudad evocadora de las Midlands en las faldas de las Kalamoochitah Hills!


Para colmo de males está enterado, porque le gusta la historia, de las dos frustradas invasiones inglesas. Se ilusiona pensando en una Buenos Aires hablada en inglés británico... how nice it would!

Y no es que ame a los ingleses, piratas imperialistas que nos robaron las Malvinas, tampoco a ellos los quiere del todo nuestro argiropolitano. "Pero hay que reconocer, che..." dice con conocimiento de causa ..."que las colonias inglesas están mejor que nosotros" y pone los resabidos ejemplos de los Estados Unidos, Canadá y Australia (omitiendo, claro está la India y los países de África poblados, ya se sabe, por negros). Los yanquis, a los que detesta y admira, son su modelo, siempre que sepan hablar en francés...

Como negros africanos, legalmente, no quedan; suele lamentarse de su desaparición; que nos privó de ser envidiados por nuestro carnaval. Igual, no le gusta mucho ver a tanto cabo verdeano, guineano o angoleño paseando por Plaza Italia, la Peatonal o la Cañada... esos negros ¡ hummm!

Negros, pero de alma, son otros. Esos de los que piensa, magnánimo, "no todos son choros" aunque igual hay que cuidar la billetera, el celular y hasta las zapatillas de su rapacidad.
El negro, este negro, es el enemigo número uno del argiropolitano.



No se sabe muy bien de donde viene, quizás ni siquiera es argentino (más bien "paragua", "bolita" o "peruca"), pero lo cierto es que los odia y los teme con toda la fuerza de su alma. Se jacta de despreciarlos, propone esterilizarlos a todos, y sabe (con pruebas o sin ellas) que son vagos, piqueteros, borrachos, drogadictos, atorrantes, alcahuetes, soplones, criminales de nacimiento, canas (no le gusta la policía, prefiere a los militares pese a saberlos cobardes, pero la quiere en la esquina de su casa, bien armada de preferencia) de vocación e instintivamente peronistas porque el peronismo, sentencia, los acostumbró a vivir sin trabajar. Si el negro en cuestión es menor el argipolitano no tiene dudas; viene a robarle las zapatillas, mejor matarlo y tirar el cuerpo a la zanja, porque en la cárcel: "entra por una puerta y sale por la otra".

Indios, gauchos, españoles y cabecitas negras son los argentinos que han arruinado el país, sostiene el argiropolitano, pero no fueron ellos solos; los inmigrantes, salvo el nono o la bobe, también aportaron lo suyo para arruinar un suelo bendecido con todos los climas. Los inmigrantes muertos de hambre, trabajadores pero avaros, industriosos pero de pocas luces, europeos pero de la Europa más pobre; nunca se integraron del todo, comenta en las reuniones de la Famiglia Piemontesa o del Tiro Suizo, y poco hicieron para el progreso del país... sólo querían "hacer la América..."

Fuera de todos estos, el argiropolitano ama a la Argentina y a su pueblo del cual, él es el epítome consumado, la obra maestra, la quintaescencia por así decir.
Desde la isla donde vive, esa isla pergeñada por Sarmiento, el argiropolitano juzga, pontifica, compara (con los países más avanzados del mundo) y se lamenta.
¿De qué?
De sus compatriotas.





jueves, 7 de julio de 2011

Matemática (una historia de amor)

Amo la matemática. Más bien la admiro. Claridad y elegancia son los adjetivos que mejor le cuadran.
Ni mucho menos me considero un experto en ella, observador atento, a lo sumo. Soy de esas gentes que se quedan perplejas ante un problema (un problema, vale la aclaración señorita maestra, no es una emboscada de cuentas) que no atinan con la solución y que, cuando la descubren o cuando se la muestran, esbozan una sonrisa embobada: claro, era así, ¿cómo no lo vi antes?.
Mi amor no nació a primera vista, procede de un rechazo.
Padecí la matemática en la escuela; en la primaria, cuando ir a clases era la odiada suspensión del juego, podía eludirla con algo de astucia y un poco de trabajo, en la secundaria, sufrí sus reiteradas amenazas de “llevármela” y era el rostro visible de represiones invisibles. En la vida cotidiana era el fantasma, temido, de ignorar. Sabía de otras cosas, de matemática, nada. Esto, que para muchas personas es casi una señal de prosapia intelectual, me dolía, pero las pocas veces que me animaba a un libro que la tuviera como tema me perdía en un laberinto no apto para mis rápidos recorridos.
Hasta que un día descubrí su belleza.
En mi regreso a la escuela, ahora como maestro, la matemática me fue impuesta por colegas que la temían mucho más que a la edad, la suspensión de las vacaciones o el recorte salarial.
Tuve que “dar” matemática.
Supe entonces que no era una cuestión de números puestos en fila para atacarme, sino un ballet de simetría, orden, armonías visibles y ocultas.
Encontré en ella la gracia de la demostración, un juego intelectual de reglas claras y precisas, de posibilidades infinitas y de paradojas sutiles pero nunca, nunca, traicioneras. Encontré la lógica del ser humano, eso que tanto se critica y que tanto nos falta, encontré, en fin, la imaginación templada por el orden.
Refugio para solitarios. Escondite para el pensamiento creador. Placer sereno del razonamiento. Ciencia sin aparatos. Reflejo de nuestra conciencia en el seno de la naturaleza. Los que la desprecian es porque no la comprenden. Los que la niegan es porque carecen de imaginación y sus fantasías son demasiado pedestres. Los que glorifican caminos irracionales es porque reniegan de su humanidad.

Si hubiera un dios, que no lo hay, no podría ser sino un matemático.

martes, 4 de enero de 2011

¿Creés en los Reyes Magos? ¡Por supuesto!





Siempre tuve cierta predilección por ellos. En verdad me caían mucho mejor que el sonrosado (y excedido de peso) Papá Noel. Eran tres, eran de diferentes razas, viajaban en conocidos camellos antes que en improbables renos voladores y representaban la última posibilidad de un regalo como la gente (¡cómo odiaba entonces esa remerita y los shorts de baño que me había obsequiado el viejo barbeta!). Mis preferidos, entrañables y maravillosos Reyes Magos.
Mago es una palabra de origen persa. Magush, así se pronunciaba, era el miembro de una antigua tribu de la meseta del Irán que, con el tiempo, vino a dedicarse de manera exclusiva a las funciones de culto. Un mago era, allá por el siglo VI antes de Cristo, simplemente un  sacerdote. Cuando Zoroastro, el gran profeta iranio, predicó su religión algunos magos se le opusieron, pero la mayoría terminó aceptando su mensaje y así se convirtieron en el clero oficial del Imperio Persa. De este modo los conocen los griegos y la palabra ingresa en su lengua para referirse tanto al individuo de una tribu irania, un cuerpo de sacerdotes y, más tarde, un sabio versado en tradiciones ocultas, quizás porque Babilonia, una de las ciudades del Imperio, era ya famosa por sus adivinos, astrólogos y eruditos.
La palabra tenía, allá por los tiempos que marcan el comienzo de nuestra cronología, esa deliciosa ambigüedad que tanto nos fascina. Un mago, sacerdote, hechicero, sabio, era un personaje fabuloso, dotado de un conocimiento oculto, versado en antiguas tradiciones, lector de prohibidos volúmenes y, como resultado de todo esto (en un tiempo en que la ciencia era repetición y no revolución), un hacedor de maravillas. La magia se había convertido ya en lo que hoy nos evoca; la posibilidad de lograr deseos por medios maravillosos, saltándose etapas, obligando a la materia a trabajar para nosotros por la mera fuerza de nuestras palabras.
Así las cosas aparecen esos sorprendentes cristianos.
Mucho habría para decir de esas gentes que revolucionaron el ordenado mundo del Mediterráneo romano. No es el momento y todos, quien más, quien menos, los conocemos, pero baste para señalar que ellos tampoco se consideraban una novedad: aceptaban con agrado la herencia recibida de los judíos y de los griegos y se presentaban como la superación de todas las religiones. Consideraban como su fundador a un rebelde de Judea, crucificado por los romanos, llamado Jesús y pronto circularon, en sus comunidades, relatos sobre su vida y sus prodigios; no era, ciertamente, un mago, pero tenía esa misma aura maravillosa…
Un  cristiano de Siria, a quien conocemos como Mateo y de quien intuimos su vinculación al judaísmo fariseo, decidió poner por escrito algunas de esas tradiciones y lo hizo tomando lo que ya había redactado un tal Marcos, pero añadiéndole información propia. Fue el segundo evangelio en ser compuesto y se abre con una narración sobre la infancia de Jesús. A este texto debemos algunas imágenes que se han vuelto típicas en el recuerdo cristiano; las dudas de José ante el embarazo de su prometida, el nacimiento de Jesús, descendiente de David, en Belén de Judea, la crueldad de Herodes con su matanza de los Inocentes y la huída a Egipto de la familia del Mesías. Un elemento fundamental de esa trama lo constituyen los magos venidos de Oriente.
Mateo nos comenta, aunque el evangelio de Lucas, que también se refiere a la infancia de Cristo no dice nada de esto, que unos magos llegaron a Judea, más concretamente a Jerusalén, preguntando ingenuamente por el nacimiento del rey de los judíos. Daban por todo fundamento de su intromisión en la política local (Herodes era el rey, con el apoyo de los “marines” romanos) cierta estrella que había aparecido en “el crepúsculo matutino” (el oriente traducen nuestras Biblias, pero la que les propongo es astronómicamente correcta) para señalar el cambio de régimen. El resto es conocido, Herodes les dice que nada sabe pero sus sacerdotes indican que una profecía parecía decir que el hecho sucedería en Belén, a escasos siete kilómetros de allí, los magos van en la dirección indicada y Herodes le pide que le informen si hallaron al pequeño rey con la oculta intención de matarlo (que los magos no perciben). La estrella vuelve a aparecer y guía a los sabios orientales hacia la casa (no se menciona ningún pesebre) donde encuentran a Jesús en brazos de su madre, le regalan generosas porciones de bienes suntuarios de la época (oro, incienso y mirra) y se disponen a volver para avisar a Herodes. Un oportuno sueño les indica lo obvio; no deben confiar en el taimado rey y entonces deciden regresar a su tierra, en Oriente, por la ruta alternativa. Herodes se irrita, ordena una matanza (que la historia no registra), José, María y Jesús huyen a Egipto y las madres de Belén se lamentan por sus hijos asesinados…
Mucho habría para comentar aquí. Mateo juega con los procedimientos literarios de los rabinos de su tiempo; alusiones a episodios de la Biblia, palabras de doble sentido, insinuaciones a eventos contemporáneos.
La estrella era un símbolo del Mesías y había sido mencionada por el adivino pagano Balaam (que algunos identificaban con Zoroastro) más de mil años atrás, el profeta Isaías, así como Salomón en el Salmo 72, habían hablado de dones entregados a un poderoso rey judío por los monarcas de países extranjeros, los magos persas solían mencionar a un Salvador, nacido de una virgen, anunciado para restaurar la justicia en el mundo y no eran infrecuentes suntuosas embajadas venidas de Persia o alguna de esas maravillosas tierras del Oriente, cargadas de presentes para el César de Roma. Los textos de la época, por otra parte, aparecen repletos de referencias a fenómenos celestes; estrellas, cometas, halos y figuras extrañas, creados por los dioses para marcar eventos políticos de importancia.
Los magos de Oriente, nos quiere decir Mateo, son los primeros paganos extranjeros que reconocen al Mesías oculto. Este niño que está historiando, destaca, es el rey de reyes, el salvador esperado por todos los pueblos del mundo,  el que destruirá el poder de Roma y Aquel en el cual Dios se hace presente. Podemos creer o no en todo esto, podemos poner en duda el valor de las pruebas del evangelista, podemos dudar; pero lo cierto es que el relato de Mateo es un maravilloso ejemplo de economía expresiva e insinuante estilo.
Los eruditos posteriores han querido saber más de los magos y de su estrella. Unos han dicho que eran tres, y esta tradición ha prevalecido, confiándonos sus nombres; Melchor, del hebreo Rey de luz, Gaspar, un nombre iranio que puede evocar a Gondofar, rey de los sakas (en los limites de la India) y puede interpretarse como Encontrará la Gloria, y Baltasar, un transparente nombre babilonio que significa Baal protege al Rey. Se los describe como un anciano con la barba blanca (¿Gaspar? ¿Melchor?), un hombre en la flor de la edad (¿Melchor? ¿Gaspar?) y un joven (sin dudas Baltasar), de quien, más adelante, se dijo que era de raza negra.
Moneda de Gondofar I, rey de Sakastán... ¿Gaspar?
También nos cuentan que vieron la estrella, en realidad una conjunción de Júpiter (planeta de los reyes) y Saturno (protector de los judíos) en la constelación de Pisces (Piscis para que nos entendamos, señal de una nueva era) en tres ocasiones (mayo, octubre y diciembre) durante el año 7 antes de Cristo. 

Imagen de planetario, atardecer del día 5 de diciembre de -7 
Agregan, para que nuestra curiosidad quede satisfecha, que los magos llevaron los pañales de Jesús a su tierra y allí descubrieron, ¡prodigio!, que no se quemaban al contacto con el fuego motivo por el cual lo conservaron al menos hasta la época de Marco Polo; quien menciona este tejido de asbesto… Por último es sabido que los cuerpos de los magos, que por asociación con los textos bíblicos de Isaías y el Salmo 72, devinieron en reyes, descansan en la Catedral de Colonia (Alemania) regalados a esa ciudad por el emperador y cruzado Federico Barbarroja.
Una de las más antiguas imágenes de los Magos. Aquí el joven es Melchor
Otros prefieren contar otras historias con más reyes (hasta doce o ¡incluso treinta!), de las cuales tal vez la más interesante sea la del cuarto, y obstinado, rey mago, diferentes estrellas y bordoneos novelescos en tierras asiáticas…

Los tres magos en versión Hollywood (Ben Hur)






En cuanto a mí espero a los Reyes cada noche del cinco de enero, aunque no siempre porten regalos para mí, ayudo a mis hijos a juntar pasto y agua para los camellos (sí ya sé no la necesitan, pero…) y pongo los zapatitos en el comedor antes de irme a dormir ansioso. Quizás al amanecer, con suerte, encuentre en ellos aquel Rasti 1000 que esperé en vano durante mi infancia.

viernes, 9 de julio de 2010

Ave, quienquiera que sea.

Ave, Caesar!

¿Quien no evoca, con estas palabras, el gesto gallardo del gladiador? ¿O la disciplina del legionario?
Unido a estas palabras, siempre, aparece el gesto del brazo en alto, extendido, con las palmas hacia arriba. El saludo que se ha llamado, al menos desde el siglo XIX; Saludo Romano.

Pero...
¿Usaban realmente los romanos este saludo? ¿Cuál es su origen?

Como tantos lugares comunes de nuestra cultura, no está muy claro como comenzó todo...



Existen pocas evidencias de esta manera de saludar fuese utilizada regularmente por los legionarios.
En efecto, la clásica escena de allocutio (la arenga del general a sus tropas) suele mostrar al orador con el típico gesto retórico de la palma abierta, con el brazo ligeramente levantado como pidiendo atención o silencio; así:



En ocasiones también los soldados elevan sus manos y extienden las palmas, en señal de aclamación.

Es posible que escenas como estas inspirasen a los autores posteriores a la hora de describir el saludo de las tropas romanas, tanto más a finales del siglo XVIII cuando los revolucionarios franceses gustaban, como señala Marx, "disfrazarse de romanos".

En este cuadro, por ejemplo, vemos a los convencionales franceses jurar, palma en alto, en el Frontón, no separarse hasta dar a Francia una Constitución:











Un gesto que, pocos años después, David trasladaría a la antigua Roma en su cuadro "El Juramento de los Horacios":



Esta es una obra típica de la imaginería neoclásica.
Aquellos hombres del recién nacido siglo XIX sentían que los antiguos griegos y romanos estaban engañosamente cercanos a su manera del ver el mundo... olvidando los siglos medievales y el bautismo que, como se sabe, es indeleble.



En ese mismo siglo XIX el socialista Edward Bellamy populariza el saludo romano como gesto de lealtad en su "Juramento a la Bandera" (Pledge of Allegiance), propuesto como un medio de integrar a los inmigrantes recién llegados  a aquella  "...land of the free ... home of the brave"


El desarrollo de la ceremonia está cuidadosamente descripto, y uno de sus momentos se describe así:
the right hand is extended gracefully, palm upward, toward the Flag... 
(The Youth’s Companion, 65 (1892): 446–447). 





Este gesto fue utilizado en las escuelas norteamericanas hasta la década del 40 cuando fue reemplazado por la mano en el pecho, como sigue utilizándose actualmente, para evitar las asociaciones con el nazismo.


Hoy parece evidente que no existió tal Saludo Romano en la Antigüedad, mucho menos como expresión estandarizada de adhesión.

Algunos autores, ignoro por qué causas, lo reemplazan por un golpe del puño en el pecho (como en la miniserie Roma) gesto que parece evocar los rituales de adoración paganos pero que, por lo que sé, carece de documentación que lo avale.

Murales recientes, citados por Lago en su magnífica página web "Las Legiones de César" (http://www.historialago.com/leg_01135_preguntas_01.htm) parecen indicar que el gesto más común era, al menos en la infantería, muy parecido a la venia de los actuales militares:

El uso fascista de este saludo se remonta a Mussolini y dos de sus obsesiones; la grandeza de Roma antigua, de la cual pretendía ser el continuador, y el cine.

Allá por los años veinte eran muy populares las películas llamadas "peplum" (por el abuso de esta prenda de vestir clásica), especialmente las protagonizadas por un carácter de ficción conocido como Maciste, quien aparece primero en la película épica Cabiria  y luego adquiere peso propio en la incipiente cultura "pop" de la época.

Maciste era el Schwarzenegger de los veinte; atlético, sin demasiado cerebro, pura acción y puro músculo.

Ahora bien, Il Duce admiraba a Maciste, y hasta gustaba de ser adulado por un supuesto parecido físico con el "héroe", quien muchas veces aparecía como un guerrero romano haciendo el clásico saludo del brazo en alto.

Por la misma época el poeta nacionalista D'Annunzio (guionista de Cabiria) también había popularizado el mismo gesto.

Como en un engarce perfecto la imagen idealizada de los romanos, poderosos y fuertes, se difundía a través del cine, la "más poderosa arma de guerra" (Benito Mussolini dixit) y llegaba a millones de italianos desesperados y atemorizados por la recesión, el aumento de la criminalidad y la caída de los sueños de la Modernidad.

Sobre este cuadro ya diseñado trabajó la propaganda fascista re creando el saludo hasta convertirlo en un símbolo de adhesión al régimen y a su "Duce".

Hitler, y luego como triste tercer imitador Franco, copiaron este gesto; aduciendo, el primero que era también un ritual de los antiguos germanos:

Un símbolo no vale nunca por sí mismo, sino por lo que representa; el saludo romano, al igual que la esvástica, ha quedado irremediablemente ligado a los crímenes del fascismo y me atrevo a decir que está bien que así sea pues, ante su manifestación (como en el caso de Di Canio), la sociedad reacciona recordando algo que nunca debe de ser olvidado: un ademán, en apariencia inocente o de remedo histórico, puede ser el comienzo de algo brutal.













Somos humanos y nos comunicamos con símbolos y signos (algún día matizaremos al respecto) los cuales nunca son meramente gestos...

miércoles, 17 de marzo de 2010

Os defenderé, mi dama, con la solidez de mi tarja. ¿Aceptarán Visa?




La guerra es asunto serio, dice Sun Tzu. Y protegerse durante la batalla, también.

Entre los elementos de la panoplia, aún vigente, figura el escudo. Rodela manuable a veces, pesados trastos de madera y cuero como torres o como caparazones portátiles, el escudo fue siempre el elemento privilegiado de defensa; para el guerrero antiguo y para el policía antimotines.

Una antigua palabra indoeuropea, dergh, que tanto designa al borde como a la acción de aferrar, dio origen, entre los francos, a targa.

La targa fráncica, targe en francés e inglés, era un escudo de dimensiones variables que, novedad importante, tenía dos tiras de cuero para aferrarlo a la vez con las manos y, como un lazo, con el resto del cuerpo. Este vocablo dio, en español y desde principios del siglo XV según Corominas, tarja; definida como un gran escudo que cubría todo el cuerpo.

De tarja proviene nuestro moderno vocablo tarjeta, tarja pequeña, y también el inglés target; blanco, aludiendo a la costumbre de colocar una pequeña tarja (targette) para hacer puntería.



No paran allí los avatares de este escudo real y metafórico.



Porque como en la traja se pintaban los emblemas del caballero que la portaba, también la palabra deslizó su sentido al de emblema y, desde allí, al de una moneda que llevaba, por supuesto, las insignias reales.

Como podemos ver las nociones de escudo y protección no estaban lejos, casualidades o no, de las de dinero y caudal. La tarja nos protege, pero también el dinero es un escudo suficiente… y en aquellos tiempos ya se prefería la tarja acuñada a la tarja del guerrero.



En nuestro país hay una tarja famosa. Se trata de la donada por las damas de Potosí (hoy parte de Bolivia) al General Belgrano en homenaje por sus victorias de Salta y Tucumán. Belgrano, todo corazón y patriota de lo que ya no hay, la donó y fue exhibida durante varias semanas en los balcones del Cabildo. Está, si mis datos no me fallan, en el Museo Histórico Nacional. Es un escudo de un metro setenta, barroco, de plata y con adornos de oro. Vale la pena contemplarlo un largo rato, por su rara belleza y su profunda simbología americana.



Fue por esas épocas que la palabra tarja dejó de usarse, excepto en alguna regiones hispanohablantes donde devino en marca de venta al fiado; tal vez por contaminación con tajar.

El diminutivo, por su parte, cobró una nueva vida. De escudo pequeño, pasó a ser emblema dibujado en un trozo de cartulina, y se convirtió en uno de los símbolos del largo siglo XIX; la tarjeta de visita.

La tarjeta de visita era el escudo heráldico de los burgueses. Si el caballero antiguo pintaba sus armas sobre la tarja, el moderno gentilhombre del dinero y de la industria, grababa sus iniciales en la blanca superficie de la tarjeta. Si los toques del rival sobre el escudo representaban modos y figuras del desafío, los dobleces del próspero hombre de negocios sobre su tarjeta de visita indicaban diversos eventos de la vida social y comercial.



Así mismo aquella fue la época de la tarjeta postal. El testimonio icónico de los viajes, de la recreación, de la posibilidad de ir más allá por obra de la fortuna, del trabajo o de la cortesía.


De estas tarjetas de cartulina a las modernas tarjetas plásticas hubo un solo paso, y se dio en el siglo XX.

Cuenta la leyenda urbana, a todas luces falsa pero ilustrativa, que un opulento individuo, en los portentosos Estados Unidos, se encontró sin blanca al final de la cena. Urgido a pagar la cuenta se convirtió, sin quererlo en el predecesor de tantos; echó mano de una tarjeta (unos dicen de su exclusivo club, otros con su nombre impreso) y la entregó al camarero asegurándole el pago de la deuda contra su presentación al día siguiente. El mesero aceptó la tarjeta, sin pedir otra validación pues eran otros tiempos, y la cuenta, nos cuentan, fue saldada en el plazo previsto.

Había nacido, mito mediante, la tarjeta de crédito.

En otros sitios, más oscuros y nada suntuosos, las tarjas seguían siendo una caña o palo sencillo en que por medio de muescas se va marcando el importe de las ventas, hasta el punto que tarjar era sinónimo de adeudar y en México de hacer muescas en un arma para llevar la cuenta de los muertos

Como sea.

Las tarjetas, de visita, postales o de embarque, así como las que exhibe el árbitro de fútbol ante una jugada desconsiderada, se volvieron emblemas en sí mismas. Las últimas en llegar, las de crédito, se han vuelto las más populares en estos tiempos de consumo e inflación controlada.


Y no olvidemos, porque la estamos usando ahora mismo, a la escondida pero indispensable tarjeta de memoria. Escudo contra la pérdida de datos.



Las tarjas, sin embargo, ya no se usan más. Ahora es el tiempo de las tarjetas, las pequeñas tarjas que nos defienden de los presupuestos ajustados, de los vencimientos inesperados y los regalos ineludibles. Unos broqueles pequeños y minimalistas que, como todo escudo, pueden protegernos pero también, recordemos los combates homéricos, hacernos tropezar y perecer bajo el peso de la pequeña tarja; la tarjeta.




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