miércoles, 1 de enero de 2014

Lost in translation

Las palabras no siempre quieren decir lo que parece que dicen. Mucho menos cuando se intenta traducirlas.
La riqueza de lenguas, como toda abundancia, suele ser fuente de problemas, malas interpretaciones o, simplemente, incomprensión mutua. Las lenguas siguen siendo, no obstante, una herencia que no se puede aceptar con beneficio de inventario. Ahí están, con sus ventajas y dificultades, con sus palabras y sus giros, con todo lo que los hablantes quieran aportarle.
Y es bueno que así sea.
Nos hace más humanos, esto es más capaces de comprendernos, prestar atención a las palabras de una lengua desconocida o, al menos, extraña.
Cuando hablamos en nuestro idioma cotidiano las palabras se atropellan para salir, se encabritan y parten al galope sin que ningún bocado pueda detenerlas. Sinónimos, antónimos, calambures y onomatopeyas enriquecen el discurso... también lo complican.
En una lengua extranjera, aún con un nivel aceptable, hay que elegir cada palabra, evitar los giros complicados, cuidarse de enmplear las expresiones adecuadas, medir las palabras, en suma.

Así, uno piensa antes de hablar, se modera, escucha más de lo que dice, presta atención al otro. Intenta comprender en lugar de convencer.

Deja de lado los artificios de la retórica, recupera la gestualidad, disfruta la novedad de la palabra recién descubierta, se frustra un poco, es cierto, pero también goza mucho más de aquello que nos hace humanos; el lenguaje.

En estos cinco días, rodeado de personas que no hablan mi lengua y cuyo idioma desconozco más allá de lo elemental he redescubierto la maravilla de las palabras, me he llamado a silencio y he tenido que guardarme los oropeles de la elocuencia. Y ha sido bueno, muy bueno; por eso

queria compartirlo con ustedes en esta mañana de año nuevo...

miércoles, 25 de diciembre de 2013

De viajes y viajeros

Un viaje de mil li comienza con el primer paso...





Así dijo alguna vez Lao Tsé.

Viajar es mucho más que moverse en el espacio. Del mismo modo queel territorio es otra cosa que el mapa y que aquel que parte es otro que quien retorna.

Somos una especie viajera, nos movemos a saltos sobre este globo desde hace un millón de años. Excusas aparte, el motivo es uno y el mismo: ver que hay más allá del horizonte.

La palabra, pues este blog trata sobre ellas,  proviene del catalán viatge, derivada a su vez del viaticum latino, de donde obtuvimos el término viático. .Viático, dicho sea de paso,tiene en España, un sentido traslaticio, religioso: el viático es la comunión que se da al difunto. En nuestra América, en cambio, el viático conserva el sentido romano; la provisión de dinero que recibe el viajero por cuenta de quien lo envía; y es común que las empresas, además del sueldo, abonen sumas "en concepto de viático".

Viajamos para llegar, viajamos para huir, viajamos para volver, viajamos para ver. Viajamos, sobre todo, para hacernos la ilusión de ubicuidad, de estar en un varios lugares a la vez, de ser, un poco, dioses.

El viajero tiene fama de saber porque ha visto, de conocer desde la experiencia como opuesta a la lectura, de "tner la posta" porque, vamos, el tipo estuvo allí.

El viajero, además, tiene fama de no entender demasiado de que va la cosa cuando está en tierras extranjeras. La falta el marco de referencia, carece de elementos válidos de comparación o, peor aún, interpreta los fenómenos desde sus propias coordenadas culturales. Deslumbrado por lo extraño, o asesinado por lo pintoresco, queda mudo y blabucea ante lo que no no comprende.

Ambos términos, sagacidad y astucia, son parte de la imagen del viajero desde que se puso en marcha en algún lugar de África Oriental hace unos cuantos milenios atrás...

Gilgamesh, que viajó para buscar el botín del Bosque de los Cedros y terminó persiguiendo la esquiva inmortalidad fue el primero cuyas aventuras en otras tierras conocemos. Ulises lo siguió siglos más tarde, viajero a su pesar, tironeado por su deseo de ver más allá y su notalgia por la esposa y el hijo.

Heródoto, curioso, lo seguiría para dar cuenta de que los bárbaros no lo son tanto y que la pregunta, a la que llama por su nombre griego; historia, es el privilegio del caminante...


En las tierras de China fueron Sun Wukong, el mono, con sus compañeros el Ogro del río y el Cerdo de los Ocho Preceptos, quienes en su Viaje al Oeste se convirtieron el paradigma del Viajero; iluminación y sabiduría, son los objetivos de su travesía hacia la India... el recorrido es, por supuesto, más importante que el destino.





Gulliver es, sin embargo, mi favorito entre los viajeros literarios. Sin haber embarcado jamás, de hecho sin esa mera circunstancia llamada existencia, es un compañero entrañable para cualquier trotamundos. Lilliput,
Brobdingnag, Laputa y el país de los Houyhnhnms son regiones que no podemos dejar de visitar; aún cuando no figuren en ninguna guía de turismo... lo cual es una lástima.



Viajero desde la Uopía perdida de América del Sur hacia las tierras de los viejos Imperios llevo conmigo el recuerdo de los viajeros pasados como un necesario viático para tamaño viaje.






martes, 25 de junio de 2013

¿Feminista?






La pregunta sonó como un pistoletazo: ¿no serás feminista, vos?
Me sorprendió, lo confieso. No soy muy hábil en ese tipo de dialéctica; argumento, contra argumento, finta, esquive y nuevo argumento. Ni siquiera se me dan bien las falacias. Debo haber respondido cualquiera, alguno de esos lugares comunes que nos permiten salir del paso.
La pregunta, a pesar de todo, me hizo pensar.
Era como una piedra en el zapato, la maldita. Como un granito… en la espalda; justo ahí donde uno no puede rascarse. Y picaba, vaya si picaba.
¿Seré feminista?, me dije.
¿Feminista por hacer la Costilla de Adán, este programa de género que comienza diciendo que las histéricas son lo máximo…?
¿Feminista por cuidar que mi lenguaje sea inclusivo?
¿Por defender ciertos derechos de las mujeres?
¿Por hablar de patriarcado, androcentrismo y opresión machista?
A lo mejor lo soy, me dije, esperando que si lo admitía la piedrita dejase de escorchar.
¿Y con eso?, exclamé después de reivindicarme con este otro ismo; soy feminista ¿y qué?
Uh, es feminista el tipo, comentó, sarcástica, mi parte sarcástica, que para eso está, claro.
La piedra molestaba más que antes.
Un tipo, un tipo común, un tipo promedio, un varón hincha de Central y medio zurdito ¿feminista?
Mi hermana, feminista, vaya y pase. Pero yo…
Me sentí medio maraca, que quieren que les diga. Todo bien, aclaro, con el colectivo LGBT y siguen las firmas… pero es un bondi que no tomo.
Miré las minas que me rodean, rodearon, rodearán (con suerte) novias, esposas, amantes… hasta compañeras de trabajo. En serio, las miré a todas.
Me gustan las mujeres. Me gustan mucho. Desnudas, de preferencia, escuchándome en silencio me vuelven loco… Me gustan y me gusta ser varón. Como los judíos, daría gracias al barbeta por haberme hecho machito.
Pero sos feminista, insistió la piedra, la pu… roncha, la mosca en la oreja.
Feminista.
Creo que no hay algo llamado varón y algo llamado mujer, pero sí creo, sin contradecirme, que habemos varones y mujeres, que somos diferentes, que miramos el mundo desde experiencias distintas, que somos, en fin,  lo que traemos en los genes y lo que aprendimos, bien que mal, de esa serie de convenciones heredadas que llamamos cultura.
Creo que somos distintos y que somos iguales. Que tenemos múltiples miradas, no todas válidas, que tenemos un mismo objetivo: tratar de pasarla lo mejor posible. Si no jodemos a nadie en el proceso: ¿cuál es?
Por eso soy feminista, si así les gusta llamarme.
Feminista porque conozco bastante la historia como para saber que, desde hace una ponchada de años, las mujeres han sido tratadas como objetos, como mercancía, como desecho. ¿Han sido? Debo estar en un día de optimismo; continúan siéndolo. Lean el libro La Mitad del Cielo y después me cuentan…
Feminista porque no creo que las mujeres sean siempre maravillosas, solidarias, tiernas, receptivas, acogedoras (con perdón de la palabra) e igualitarias. Algunas sí, otras son unas reverendas cabronas, la mayoría, como suelen ser las mayorías, son un poco de esto y otro poco de aquello; maravillosamente insoportables, dulcemente hinchapelotas… ¿y qué? ¿tienen que ser magníficas para que se defiendan sus derechos? Eso es catecismo puro; los buenos oprimidos. ¿qué gracia tiene defenderlos? Soy feminista también por eso, porque no creo que las mujeres sean diosas… ni demonios… aunque con ese traje de cuero ¡mamita!
Feminista, en fin, porque respeto las luchas por la igualdad de los derechos, no por la uniformidad de los deseos.
Feminista porque todavía hay mucho orate suelto matando minas, denigrando esposas, hostigando pendejas, fabricando techos de cristal u odiando a las “yeguas” sólo por el hecho de serlas.
Feminista sin dejar de reivindicar mi condición de varón. Varón que no es un estereotipo, ni cualquier otro reproductor de formatos de música. Varón que llora, varón que sueña, varón que putea, que se calienta con una mina envuelta en palabras sutiles, que lava los platos, que se pierde como un poseso ante una consola de video, que escucha la música que se le canta las pelotas, se tira pedos y pone los ojos en blanco cuando ella pasa y le roza la espalda.
Feminista y periodista de La Costilla ¿algún problema?

domingo, 7 de abril de 2013

Familia sindiásmica

Una de mis dos nonas (nunca les dije abuelas) preferidas era María Racamato. Me mimaba quizás excesivamente y se hacía ilusiones sobre mi presunta capacidad intelectual que eran, a todas luces, infundadas. Yo no era más que un chico con buena memoria.
Eso no me importaba mucho entonces, porque lo que quería era hacer mi santa voluntad y con mi nona ese sueño era, casi, una realidad.
Una de las vecinas de mi nona, Dora, también me tenía afecto y, conociendo mi afición por la lectura, me franqueó la biblioteca de su hija; fallecida recientemente. Entre la tristeza por el motivo del regalo y la expectativa por la promesa de los libros recuerdo que entré en aquella pieza de una joven universitaria como quien ingresa a un santuario. Los libros de los muertos son, si cabe, más intimidantes que los libros que uno canjea, compra  o recibe como regalo. Llevan en sí algo del hálito de aquella persona, un poco de su vida adherida aún a las páginas desgastadas, el eco de su voz en las anotaciones marginales.
De toda aquella biblioteca, parte de la cual me era ofrecida, recuerdo con especial cariño el libro, enorme y enteramente rústico que ocupa mi escritorio ahora mismo.

Lewis H. Morgan, dice en su tapa de cartoné, La Sociedad Primitiva, se lee en una curiosa tipografía que me recuerda a las cintas de Moebius. Un busto de Engels, entonces desconocido para mí, proyecta una sombra que resulta en el busto de Pavlov. El libro es de edición mexicana, de aquellos gloriosos tiempos en que la Revolución no era tan Institucional, y tiene un prólogo erudito y casi coloquial de nuestro Alfredo Palacios. 

Como todo anda por la red, me excuso de escanear mi ejemplar. Este es casi idéntico:

Cuando lo leí por primera vez, a mi modo salvaje y compulsivo, apenas si pude entender palabra. Me apasionaban los nombres exóticos y copié unos cuantos, amaba las lenguas extrañas y recopilé palabras. Poco me interesó el resto.

Más tarde supe quien era Morgan, conocí la admiración que Marx y Engels le testimoniaron y sesudos profesores universitarios me aseguraron que estaba totalmente demodé...

Pasaron los años. El tema que Morgan trata, el origen de la familia, llegó a tocarme muy de cerca. Matrimonio, hijos, felicidad, osadía, amargura, traición, divorcio, distancias impuestas, volver a empezar, un nuevo amor más pleno. No era cuestión de estudio. Sino de mi propia vida.


Uno, claro, no puede transitar las cosas sin más. Uno busca amigos para confiarles las penas, con quienes compartir ideas, a los cuales pueda escuchar con provecho. En mi caso, pocos amigos reales, los libros siempre me acompañan en los buenos y malos momentos.

Así que una y otra vez regresé a Morgan.

Y entre sus investigaciones  muy antiguas, es cierto, superadas, verdad, pero sintetizadoras como la antropología malinowskiana nunca quiso hacer (no fuera que descubriera ciertas leyes peligrosas para el status quo ante) encuentro el tema del título: familia sindiásmica.

Al respecto dice Morgan:

El término viene de syndyazo, parear, syndyasmos, unir dos juntamente. Se fundaba en la pareja de un varón y una hembra, bajo la forma de matrimonio, pero sin cohabitación exclusiva. Fue el germen de la familia monógama. El divorcio o separación quedaba librado al albedrío del marido tanto como de la mujer.

Más adelante agrega:

El matrimonio no se basaba en los sentimientos , sino la conveniencia y la necesidad... sin embargo el vínculo no tenía más duración del que quisieran darle las partes... El marido podía, a voluntad,  abandonar a la esposa y tomar otra sin menoscabo, y la mujer gozaba del mismo derecho de abandonar al marido y tomar otra sin que infringiera las costumbres de su tribu... Cuando se producía el desapego entre cónyuges y se hacía inminente su separación, la parentela...de cada uno procuraba la reconciliación entre las partes y frecuentemente lograba su intento; pero si no conseguía salvar las dificultades,  aprobaba la separación. La esposa, entonces, abandonaba el hogar de su marido llevándose a sus hijos, que eran considerados exclusivamente suyos, y sus efectos personales sobre los que su marido no tenía derecho... cuando la parentela de la esposa predominaba en la vivienda colectiva, lo que frecuentemente sucedía, el marido abandonaba el hogar de la esposa.

Según Morgan este sistema de familia, en tránsito a la monogamia, era el más extendido entre los indígenas americanos al momento de la Conquista.

Engels, glosando a Morgan, escribe:

En esta etapa un hombre vive con una mujer, pero de tal suerte que la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un derecho para los hombres, aunque por causas económicas la poligamia se observa raramente; al mismo tiempo, se exige la más estricta fidelidad a las mujeres mientras dure la vida común, y su adulterio se castiga cruelmente. Sin embargo, el vínculo conyugal se disuelve con facilidad por una y otra parte, y después, como antes, los hijos sólo pertenecen a la madre.

Y añade este ilustrativo testimonio de un viajero del siglo XIX; Agassiz:

De una rica familia de origen indio refiere Agassiz ("Viaje por el Brasil, Boston y Nueva York"1886, pág. 266) que, habiendo conocido a la hija de la casa, preguntó por su padre, suponiendo que lo sería el marido de la madre, oficial del ejército en campaña contra el Paraguay; pero la madre le respondió sonriéndose: "Nao tem pai, e filha da fortuna" (no tiene padre, es hija del acaso). "Las mujeres indias o mestizas hablan siempre en este tono, sin vergüenza ni censura, de sus hijos ilegítimos; y esto es la regla, mientras que lo contrario parece ser la excepción. Los hijos... a menudo sólo conocen a su madre, porque todos los cuidados y toda la responsabilidad recaen sobre ella; nada saben acerca de su padre, y tampoco parece que la mujer tuviese nunca la idea de que ella o sus hijos pudieran reclamarle la menor cosa". Lo que aquí parece pasmoso al hombre civilizado, es sencillamente la regla en el matriarcado y en el matrimonio por grupos.

 Finalmente el "segundo violín de Marx", como gustaba definirse, explica (Engels, como la Clarissa de Melissa Joan Hart  lo explica todo):
La familia sindiásmica “es la forma de familia característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para que la familia sindiásmica evolucione hasta llegar a una monogamia estable fueron menester causas diversas de aquéllas cuya acción hemos estudiado hasta aquí. En la familia sindiásmica el grupo había quedado ya reducido a su última unidad, a su molécula biatómica: a un hombre y una mujer. . . Por tanto, si no hubieran entrado en juego nuevas fuerzas impulsivas de "orden social", no hubiese habido ninguna razón para que de la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego esas fuerzas impulsivas.
Lo que viene después, nos dice Friedrich, es la familia monógama que todos padecemos, es decir, conocemos...

Esto tiene implicaciones notables para esbozar una teoría de la familia y para indagar sobre su posterior desarrollo.

Siendo un fenómeno cultural, enraizado en la emergencia de los modos de producción históricos, la familia monógama tiene fecha de creación... y de caducidad.



Basta mirar un poco a nuestro alrededor para ver que la familia monógama, como pretende la tradición judeo cristiana, nunca llegó a imponerse por completo y que la sindiásmica parece ganar terreno en las prácticas conyugales realmente existentes. 

El futuro de esta institución, como ya el propio Morgan lo insinuó es imposible de predecir. Sin embargo uno puede imaginar un renacimiento, pero superador, de la familia sindiásmica en un futuro cercano a medida que las libertades personales se amplíen y se desarrolle una sociedad más igualitaria.

Chí lo sá?, dijo el tano, la cuestión es que entre las palabras perdidas, estas dos del título: familia sindiásmica, podrían volver a aparecer en los titulares de pasado mañana.

O en un video de Depeche Mode:





miércoles, 7 de diciembre de 2011

Escépticos

Hace unos meses atrás Mario Bunge estuvo en la Argentina. Con su habitual desenfado se explayó sobre sus temas favoritos e impugnó, como acostumbra, lo que él denomina pseudociencias. Atacó, en especial, al psicoanálisis; al cual califica de “macana” y dejó caer unas cuantas ironías sobre su vigencia en un país como el nuestro.

No me gusta Bunge, es bastante argiropolitano.

Acepto, perdón Ricardo, el psicoanálisis como un saber (saber, para ser coherente debería ir entrecomillado) válido.

Bunge y el psicoanálisis, por supuesto, son sólo una excusa.

Un pretexto para hablar de aquellos que, como él, se han atrevido a levantar la voz contra ciertas unanimidades.

Ante la caterva de magos, ocultistas, charlatanes y deshonestos que andan por este mundo nuestro vendiendo sus falsos misterios, muchos han reaccionado enérgicamente para decir:

- ¡Eh, un momento!, ¿qué pruebas tienes para afirmar cosas tan extraordinarias?

O, más directamente;

- ¡Dejá de batirla, che!

Estas personas, valientes para desafiar las convenciones y tenaces como todo aquel que está convencido de su misión, son (somos) conocidas como escépticos.

Un escéptico es alguien que duda.

No se trata de un negador sistemático, de un pesimista ni, mucho menos, de alguien de mente estrecha.

Es un hombre, o una mujer, que considera que la razón debería ser una guía para investigar el mundo.

Es un curioso que no se convence fácilmente.

Un inspector de ideas, si así lo prefieren.

Se ha dicho que el padre de la ciencia es el asombro, y es verdad, pero el asombro puede dar lugar a muy diversas conclusiones.

La madre de la ciencia, única como toda madre, es la duda.

Sin el asombro tendríamos una ciencia de lo obvio, de la banalidad, de lo ya sabido como les gustaba en La Comarca.

Sin la duda tendríamos saberes vagabundos, incapaces de formar una trama coherente. Meras opiniones, irrefutables por su misma individualidad. Religiones en suma.

El escéptico recupera la tradición científica de dudar y hace bien. Suele, una lástima, olvidarse del asombro y allí está su límite. No siempre puede reconocer que hay zonas oscuras, bancarse la niebla, el mapa incompleto, la propia tiniebla de su mente. De ahí que zonas límite, como el psicoanálisis, la política, la filosofía o las mismas artes, lo pongan nervioso. Como le pasa a don Mario, valiente sembrador de dudas, pero receloso ante el brote de lo nunca antes imaginado.

La razón iluminista, la que me gusta, no lo es todo. Hay dimensiones ocultas para las cuales no es suficiente, pero sigue siendo necesaria.

La razón, empero, es nuestra mejor arma contra la estupidez, la charlatanería, el fanatismo. Los escépticos la usamos como lupa, como linterna y como piedra de toque para decir:

- Veamos más de cerca esas pruebas.

- Iluminemos la escena de tu supuesta conspiración.

- No es oro todo lo que reluce.

Nada más y nada menos.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Argiropolitanos

Argiropolitanos es un gentilicio y designa a los moradores (o nativos) de Argirópolis.

En vano fatigarás los diccionarios, e incluso las enciclopedias y atlas, buscando la mencionada ciudad. No existe, ni siquiera en algunas cuatro páginas adicionales de cierta Anglo-American Cyclopaedia, pero sus habitantes son reales, demasiado reales.

Argirópolis fue concebida por Sarmiento; el mejor escritor argentino del siglo XIX y el primer habitante de dicha ciudad. En su fértil imaginación sería tanto la Washington como la Nueva York de los Estados del Plata. Una ciudad capital a construirse, desde cero, en la estratégica roca llamada Martín García. Vale la pena leer su descripción y lamentarse, apenas un poco, de su ausencia sobre las aguas del Mar Dulce...


Huelga decir, pues, que nunca se construyó. Por corolario no tuvo habitantes, ni nativos, ni gentilicio. ¿De dónde, entonces, vienen los argiropolitanos que nos rodean?

Antes de ensayar una explicación de su origen comenzaremos por describirlos.

Los argiropolitanos son un fenómeno argentino y, probablemente, uruguayo. Se trata de personas, generalmente pertenecientes a los sectores medios (les encanta denominarse "clase" sin serlo) que uno podría denominar pequeño burgueses si no fuera algo pasado de moda hacerlo...

El argiropolitano, por lo general, ama a su país. Le fascina su geografía, habla con orgullo de los mil paisajes diferentes que ofrece, es un apasionado de sus recursos, una de sus frases favoritas es: "vos tirás una semilla y acá crece lo que sea, viejo, lo que sea", un incondicional de sus mujeres; "la minas más lindas del mundo" y un defensor acérrimo del ingenio de sus habitantes, entre los cuales, claro, se cuenta él mismo. Sí, el argiropolitano ama a la Argentina y al "gran pueblo argentino" que saludan los libres del mundo.

Ahora, eso sí, tiene algunos problemas con ciertos argentinos en particular:

Los indígenas, por ejemplo, que no eran gloriosos guerreros como los incas (atiborrados de oro, por lo demás), ni sabios astrónomos al modo de los mayas, ni siquiera políticos consumados al estilo azteca o, al menos, iroqués. Nada de eso, le suenan poco respetables nombres como chiriguano, comechingón u ona (que parece inventado para rellenar crucigramas) y se desilusiona cuando contempla los escasos restos materiales que dejaron; tanto así que es capaz de levantar una pirámide falsa para, al menos, dar la impresión de "antigua civilización" a las ruinas de los Quilmes... No está mejor con los indios de la Conquista del Desierto ¿cómo pueden Calfucurá, Catriel, Yanquetruz o Namuncurá medirse con Cochise, Toro Sentado o el ecológicamente falso Seattle?
Sin mencionar que el "pichi" ese Ceferino no puede ni compararse con Uncas, the last of the mohicans...


Menos afinidad siente hacia los gauchos. Ese estatus intermedio, de mestizo o aun de mulato, nunca le termina de gustar. Muy morocho para su gusto. Para colmo de males se caracteriza, cree, por su indolencia, su desprecio por las normas (no es que el argipolitano las respete a rajatabla, pero el gaucho...), su fama de matrero y esa predilección por seguir a caudillos bárbaros aficionados al degüello. El gaucho del Día de la Tradición es el que le cuadra; trabajador rural sin sindicato, leal a su patrón, inocente en su destreza campera, amigo de bromas y consumado cantor, bailarín de malambo y jinete. Una vez al año viste a sus hijos con "pilchas gauchas", devora dos docenas de empanadas, padece un escondido o un pericón torpemente coreografiados y grita un sincero: ¡Viva la Patria! Hasta el año que viene...

Claro que el gaucho, a pesar de todo, es argentino y merece cierto respeto. Los que odia de verdad, los aprendió a odiar en los bancos de la Primaria, son los españoles. No los "gayegos", esos vinieron después, sino los godos, los maturrangos, los realistas; los que vinieron con ese "tano medio pirata" de Colón. Cortés, Pizarro, la caterva entera de los Adelantados y los conquistadores de "la cruz en la espada", esos son sus enemigos jurados. Mataron indios a mansalva, cree saber, y destruyeron su cultura, su idioma, sus dioses, sus saberes ancestrales, afirma el argiropolitano leyendo un libro impreso, en castellano, bajo una cruz devotamente adornada, mientras toma la pastilla recetada...


Lo que no les perdona a esos esforzados varones de Castilla es, más que las muertes, pillajes y saqueos, haber nacido en Castilla. ¿Por qué, se lamenta, tuvieron que venir los españoles a colonizarnos?

¡Qué lástima que Sir Francis Drake o Sir Walter Raleigh no hubiesen desembarcado en la La Pampa (que se hubiera llamado The Pamp) y fundado Goodwinds, o Holy Faith, o alguna ciudad evocadora de las Midlands en las faldas de las Kalamoochitah Hills!


Para colmo de males está enterado, porque le gusta la historia, de las dos frustradas invasiones inglesas. Se ilusiona pensando en una Buenos Aires hablada en inglés británico... how nice it would!

Y no es que ame a los ingleses, piratas imperialistas que nos robaron las Malvinas, tampoco a ellos los quiere del todo nuestro argiropolitano. "Pero hay que reconocer, che..." dice con conocimiento de causa ..."que las colonias inglesas están mejor que nosotros" y pone los resabidos ejemplos de los Estados Unidos, Canadá y Australia (omitiendo, claro está la India y los países de África poblados, ya se sabe, por negros). Los yanquis, a los que detesta y admira, son su modelo, siempre que sepan hablar en francés...

Como negros africanos, legalmente, no quedan; suele lamentarse de su desaparición; que nos privó de ser envidiados por nuestro carnaval. Igual, no le gusta mucho ver a tanto cabo verdeano, guineano o angoleño paseando por Plaza Italia, la Peatonal o la Cañada... esos negros ¡ hummm!

Negros, pero de alma, son otros. Esos de los que piensa, magnánimo, "no todos son choros" aunque igual hay que cuidar la billetera, el celular y hasta las zapatillas de su rapacidad.
El negro, este negro, es el enemigo número uno del argiropolitano.



No se sabe muy bien de donde viene, quizás ni siquiera es argentino (más bien "paragua", "bolita" o "peruca"), pero lo cierto es que los odia y los teme con toda la fuerza de su alma. Se jacta de despreciarlos, propone esterilizarlos a todos, y sabe (con pruebas o sin ellas) que son vagos, piqueteros, borrachos, drogadictos, atorrantes, alcahuetes, soplones, criminales de nacimiento, canas (no le gusta la policía, prefiere a los militares pese a saberlos cobardes, pero la quiere en la esquina de su casa, bien armada de preferencia) de vocación e instintivamente peronistas porque el peronismo, sentencia, los acostumbró a vivir sin trabajar. Si el negro en cuestión es menor el argipolitano no tiene dudas; viene a robarle las zapatillas, mejor matarlo y tirar el cuerpo a la zanja, porque en la cárcel: "entra por una puerta y sale por la otra".

Indios, gauchos, españoles y cabecitas negras son los argentinos que han arruinado el país, sostiene el argiropolitano, pero no fueron ellos solos; los inmigrantes, salvo el nono o la bobe, también aportaron lo suyo para arruinar un suelo bendecido con todos los climas. Los inmigrantes muertos de hambre, trabajadores pero avaros, industriosos pero de pocas luces, europeos pero de la Europa más pobre; nunca se integraron del todo, comenta en las reuniones de la Famiglia Piemontesa o del Tiro Suizo, y poco hicieron para el progreso del país... sólo querían "hacer la América..."

Fuera de todos estos, el argiropolitano ama a la Argentina y a su pueblo del cual, él es el epítome consumado, la obra maestra, la quintaescencia por así decir.
Desde la isla donde vive, esa isla pergeñada por Sarmiento, el argiropolitano juzga, pontifica, compara (con los países más avanzados del mundo) y se lamenta.
¿De qué?
De sus compatriotas.





jueves, 7 de julio de 2011

Matemática (una historia de amor)

Amo la matemática. Más bien la admiro. Claridad y elegancia son los adjetivos que mejor le cuadran.
Ni mucho menos me considero un experto en ella, observador atento, a lo sumo. Soy de esas gentes que se quedan perplejas ante un problema (un problema, vale la aclaración señorita maestra, no es una emboscada de cuentas) que no atinan con la solución y que, cuando la descubren o cuando se la muestran, esbozan una sonrisa embobada: claro, era así, ¿cómo no lo vi antes?.
Mi amor no nació a primera vista, procede de un rechazo.
Padecí la matemática en la escuela; en la primaria, cuando ir a clases era la odiada suspensión del juego, podía eludirla con algo de astucia y un poco de trabajo, en la secundaria, sufrí sus reiteradas amenazas de “llevármela” y era el rostro visible de represiones invisibles. En la vida cotidiana era el fantasma, temido, de ignorar. Sabía de otras cosas, de matemática, nada. Esto, que para muchas personas es casi una señal de prosapia intelectual, me dolía, pero las pocas veces que me animaba a un libro que la tuviera como tema me perdía en un laberinto no apto para mis rápidos recorridos.
Hasta que un día descubrí su belleza.
En mi regreso a la escuela, ahora como maestro, la matemática me fue impuesta por colegas que la temían mucho más que a la edad, la suspensión de las vacaciones o el recorte salarial.
Tuve que “dar” matemática.
Supe entonces que no era una cuestión de números puestos en fila para atacarme, sino un ballet de simetría, orden, armonías visibles y ocultas.
Encontré en ella la gracia de la demostración, un juego intelectual de reglas claras y precisas, de posibilidades infinitas y de paradojas sutiles pero nunca, nunca, traicioneras. Encontré la lógica del ser humano, eso que tanto se critica y que tanto nos falta, encontré, en fin, la imaginación templada por el orden.
Refugio para solitarios. Escondite para el pensamiento creador. Placer sereno del razonamiento. Ciencia sin aparatos. Reflejo de nuestra conciencia en el seno de la naturaleza. Los que la desprecian es porque no la comprenden. Los que la niegan es porque carecen de imaginación y sus fantasías son demasiado pedestres. Los que glorifican caminos irracionales es porque reniegan de su humanidad.

Si hubiera un dios, que no lo hay, no podría ser sino un matemático.

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