viernes, 21 de agosto de 2009

Yo adolezco, tu adoleces, ellos crecen



Las palabras nunca son inocentes.
Ellas forman la materia de nuestro pensamiento, no se puede pensar sin palabras, pero también envuelven los lugares más secretos de nuestra interioridad; sitios oscuros o recónditos que pocas veces visitamos sin repugnancia.
Las palabras son por lo que dicen y por lo que ocultan. Por lo que muestran, pero también por lo que sugieren.
Adolescencia es una de esas palabras que nos sirven para eliminar complejidades y, a la vez, para esconder la tierra debajo de la alfombra. Adolescente, dicho con cierta inflexión particular, denota incomodidad y desazón, condescendencia y envidia, malestar por un momento vital que no volveremos a transitar e impaciencia porque el adolescente, nunca, se comporta como nosotros esperamos que lo haga... ¡ni siquiera como, nos gusta evocar, lo hacíamos nosotros cuando teníamos su edad!. Adolescencia, sobre todo, expresa carencia.

Si preguntamos así, al pasar, sobre el origen de esta palabra no será extraño que nos respondan, con total certeza, "por supuesto, adolescencia viene de adolecer, un adolescente es alguien que adolece" es decir un ser incompleto y frágil, sin terminar, imperfecto... "le faltan cinco para el peso".

Nada más falso, nada más interesado.

Adolescente proviene de la lengua latina, más concretamente de un participio adolescens que se relaciona con la idea de crecimiento. En efecto, adolescens vale tanto como alescendo; el que está creciendo y aparece vinculado al campo semántico de la alimentación (alere) y al de la estatura; compárese con altum; alto. El adolescente está en camino de ser alto, es decir, adulto (que dio el germánico althas, al alemán alt y el inglés old), es un ser proyectado hacia el futuro. Una homonimia vigente ya en época antigua también acercaba el vocablo al ámbito de lo sagrado a través de otra falsa, equívoca, etimología: adolere, término del lenguaje ritual que implicaba la idea de ofrecer un sacrificio.

El origen de adolecer es más discutido y nada tuvo que ver con adolescente que, de paso, designaba entre los romanos una edad cercana a los veintitantos años, previa a la iuventutis que duraba hasta los cuarenta... Unos la consideran creación netamente castellana a partir de dolor y otros la remontan también al latín pero como un derivado de adolescencia y no al revés, entendiendo que quien crece está, por ello mismo, falto de algo. La proximidad fonética con doleo; dolor, daría la acepción de adolecer como padecer una dolencia. No me convence mucho esta última consideración, pero, bueno, no soy etimologista.

Sea como sea, lo cierto es que adolescente no tiene relación de origen con la falta o el dolor como proclaman incluso algunos manuales de pedagogía o ciertos conferencistas soporíferos. Se trata de una etimología popular o una falsa etimología.

Una falsa etimología (las leyendas están repletas de ellas) nunca es inocente, carga con el recuerdo obliterado de lo no dicho, es decir, de lo negado porque resulta demasiado difícil de soportar. Suena "feíto" mejor busquemos otra palabra... El adolescente, el que crece, nos resulta un padecimiento, el adolescente nos trae a la memoria la juventud perdida para siempre, nos acerca a ese dolor íntimo de la vida que se escapa, nos aleja del placer, nos muestra carentes de aquello que él sí tiene; potencialidad.

Es por esto que lo asociamos, al menos en el castellano, con la necesidad, con la falla y con la falta. Lo que (ya) no tenemos lo proyectamos sobre quien (ya) lo tiene. Y, por supuesto, si hay un hueco nosotros, sociedad de la neurosis, debemos completarlo, obturarlo, sellarlo leyes y reglamentos pero también colmarlo con el mimo, el halago y la complacencia. De una u otra manera tapamos el agujero con nuestra propia carencia. Si el adolescente adolece, entonces nosotros le evitamos el dolor por el doble camino de la huida y de la norma.
No son divagaciones ociosas de las tres de la mañana, aunque lo parezca, el camino desde la falsa etimología hasta nuestra incapacidad para tratar con los adolescente está signado por la misma falsa conciencia que generó el "error" etimológico. Frente a ellos y lo que nos muestran no atinamos más que a proyectar la propia falta (= falla) en su proceso de crecimiento... adolecemos de medios para hacer otra cosa que no implique tapar el agujero.

Como docente me pregunto, después de tanto adolescente que estuvo cerca mío, como padre me cuestiono, ahora que mi hija ha entrado de lleno en la adolescencia, ¿es el único camino posible el que, persistiendo en la inexactitud lingüística, pretende cerrar la supuesta carencia con la concesión o con la norma arbitraria?

No tengo, por supuesto, la respuesta pero me parece que bien vale que nos hagamos la pregunta.

miércoles, 17 de junio de 2009

Los nombres ¿verdaderos?



Una de las características del nombre, del sustantivo propio para decirlo con palabras de la "profe", es que no se traduce. Al menos no debería traducirse.
Que siempre fue así y que los nombres extranjeros eran interpretados fonéticamente lo demuestra el hecho de que en otros tiempos se mentaba como Guaterales y Francisco Dráquez (temibles enemigos ingleses) a quienes hoy conocemos como Walter Raleigh y Francis Drake. Tampoco están lejanos los días en que la RAE nos decía que el croissant francés debía decirse cruasán... más prosaicos en Argentina preferimos medialuna.
Ahora ha aparecido, al módico precio de € 6, el Atlas de los Nombres Verdaderos.
No cabe duda que tiene su encanto.
Al aburrido atlas que conocemos, se lo cambia por el mismo maperío con los topónimos "traducidos" o, lo que es casi un equivalente diacrónico, interpretados etimológicamente. No se trata de que Londres, Munich o Cuernavaca aparezcan como London, München o Cuauhnáhuac; no.


El Atlas presenta a España como "País de Conejos" y a los Pirineos como "Monañas del Fuego Secreto" lo que nos trae nostalgias tolkenianas a más de uno. En todos los casos los autores (que han tenido éxito en otras lenguas) intentan con un poco (o un mucho) de imaginación restaurar el sentido original de los nombres de los diversos lugares del globo.
Algunas etimologías son más que dudosas y es evidente que en algunos casos no han sabido donde detenerse (Ecuador es País Al Igualador y los Estados Unidos de América, ¡Estados Unidos del Poderoso en el Hogar!) pero la impresión general es que se trata de una divertida, no más, reescritura del mundo en clave erudita. Una broma para fanáticos de la geografía y las lenguas.

Aún no me lo he comprado ¡pero quiero hacerlo! y me intriga conocer como han "interpetado" lugares como Brasil, Asia o China (Europa es, para ellos, país vespertino lo que no deja de tener su encanto y Argentina, fácil, es País de la Plata).
Una rareza para pasar el rato y ¿tal vez? imaginar historias que transcurren en algún lugar de La Ornamentada, en los extraños Errantes o, más cerca de nosotros, en el País al Final del Mundo...

miércoles, 3 de junio de 2009

Serendipia


Serendipia, o serendipidad, posible traducción del inglés serendipity es una palabra que me gusta tanto como su concepto... un buen antídoto a mi (estéril) obsesividad.

Serendip es uno de los antiguos nombres de la isla de Ceilán (también Sri Lanka) y aparece así en un cuento del italiano Cristoforo Armeno (que algunos pretenden se tradujo del persa) titulado, precisamente, Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo.

Los tres príncipes del relato viven varias aventuras durante un viaje, saliendo con bien de ellas gracias a una singular combinación de azar y sagacidad. Hay varias versiones de esta historia y, como no, un cuento talmúdico similar...

El caso es que la historieta de Armeno no hubiese dado origen a nuestra palabreja de hoy sino fuese por otro literato, inglés esta vez, del siglo XVIII llamado Horace Walpole  quien lo recuerda en una carta escrita el día 28 de enero de 1754 a media mañana ... ¿de cuántas palabras se puede ser tan preciso sobre su origen.

La carta en cuestión fue enviada a Horace Mann (no, no es el mismo en que piensan, este es norteamericano, aquel británico) para comentarle algunos detalles sobre cierto cuadro que le enviaba.

La pintura conmemoraba el casamiento de Francisco de Médici con Blanca Capello y carecía de marco, Horacio, que no tenía nada mejor que hacer, quería colocarle uno que contuviese el escudo de armas de los Capiello, pero no podía hallar ninguna imagen de ese emblema (y google, supongo, estaba caído) por lo cual decidió buscar los símbolos heráldicos de los Médici... Busca, buscando en un libro; Walpole da con... ¡la panoplia de los Capello!. 

Semejante trivialidad, que a muchos nos ha pasado, le da ocasión de acuñar un nuevo término. Dice que tal hallazgo ha sido un caso de lo que llama serendipia (serendipity) una "palabra muy expresiva" que remite a un cuento que leyó cuando niño. Cuento que no es otro sino el de Armeno.

Así se acuñó una palabra que, andando el tiempo, tomó carta de ciudadanía en la lengua inglesa y en otras muchas, no en la nuestra porque ya se sabe que la RAE no está para innovar, sino para conservar.

Se define a la serendipia como: un descubrimiento hecho de manera accidental,es decir;  por casualidad, como la llaman los hombres diría Gandalf, pero también por un pensamiento particularmente entrenado para percibir. Este úlitmo matiz suele olvidarse por quienes pretenden que la sola imaginación puede ser una guía para explorar el Universo.

Bien, la serendipia, ejemplos de la cual pueden hallarse por cientos en la historia de la ciencia, es también un buen modo de pararse frente a la realidad. Dejar que los pensamientos fluyan para descubrir, al azar de los esquemas, un fragmento del revés de la trama que constituye el tapiz del Ser.




miércoles, 29 de abril de 2009

Albahaca a la fuga


Tomado de algún blog al azar que no cito porque no me acuerdo de su dirección...


FromLostToTheRiverismo de la semana, traducido de The basil goes away:

Una tienda de comestibles de mi barrio vende pequeñas bolsas de hierbas y especias etiquetadas en inglés y español. Las etiquetas en español, sin embargo, ocultan una pequeña sorpresa. Lo que se llama basil (albahaca) en inglés está etiquetado en español como «la albahaca se va».

Después de pensar en ello la primera vez que lo vi, me di cuenta de que probablemente era una mala traducción de basil leaves en la que leaves había sido malinterpretado como el verbo [en lugar de como hojas]. Lo atribuí a una traducción automática, probablemente de Babelfish, y me olvidé del tema. Pero el otro día un amigo mío descubrió que Babelfish traduce basil leaves como «hojas de albahaca», que es lo correcto.

Así que no tengo ni idea de qué error hizo que basil fuera etiquetado [en español] como «la albahaca se va».


Y yo tampoco, pero no deja de ser una traducción sugerente...


miércoles, 25 de febrero de 2009

Por decir algo…


Releo, al azar, algunas frases de gran efecto. Me detengo y las medito. ¿Qué hay detrás de tanto ruido de palabras?

Nada.

Puede que alguno las considere sugerentes, que otro se fascine ante su sonora vacuidad, hasta quizás sean expresión de sensaciones inasibles; lo cierto es que tienen muy poco para mostrar.

¡Explícate de una vez!

¡Esfuérzate por decir las cosas con claridad! ¡Con sentido al menos!

Sólo se puede violentar a una lengua si primero se la ha respetado. La sintaxis confusa, la semántica imprecisa, la ortografía caótica son legítimas en tanto no haya otro modo mejor de decirlas y, sobre todo, cuando están al servicio de la expresividad. Esto es; casi nunca. Escribir mal no es un modo válido de poesía.

Apilas las palabras como una torpe barricada, pero uno levanta barricadas cuando combate y detrás de ella está el pueblo haciéndose escuchar. Tus barricadas no son más que un montón de muebles rotos y trozos de celofán, no hay voces que se parapeten entre ellas.

Crees que por yuxtaponer cierto número de sustantivos, adjetivándolos impropiamente, por conjugar algunos verbos de maneras imposibles, por esbozar frases sin conclusión lógica estás diciendo algo, en realidad sólo dices que no sabes que decir.

Releo tus frases, releo las frases del oscuro escritor, releo libros plagados de vanidad ignorante.

Hay libertad de expresión; ¡bendita sea!, todos podemos hablar, cantar, reír, escribir y murmurar inanidades, también podemos callar y, por eso, prefiero guardar silencio. Al menos por ahora.

lunes, 16 de febrero de 2009

Acerca de los oráculos


- Los anuncios del Oráculo- dijo el sacerdote- siempre se cumplen.
- ¿Cómo es eso?- pregunté
- Por tres motivos- respondió.

Porque nunca habla claramente, y nadie recuerda sino lo que conviene a su situación presente.

Porque es prudente a la hora de anunciar bendiciones o catástrofes, y la vida está plagada de desdichas y de placeres.

Y, sobre todo-
el oficiante esbozó algo así como una sonrisa-
porque basta la más leve insinuación para que los hombres, con ansias, se esmeren en cumplir la profecía.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Hereje; el opinador


Si quisiéramos hacer una breve historia del pensamiento occidental podríamos tomar cuatro o cinco palabras y analizar su etimología. Sería muy instructivo para ver cuáles son nuestras maneras de pensar.

Una palabra es, por cierto, una forma de ver el mundo, un registro de nuestras percepciones más arraigadas.

Y como decía Claudio: Ni malicia, ni favor para nadie…


Si preguntamos a alguien con mediana instrucción ¿qué es un “hereje”? probablemente nos dirá que se trata de alguien que se aparta de la línea establecida, una persona que de alguna manera se opone a todo cuanto sus vecinos consideran justo, recto y verdadero.


Si profundizamos en el asunto, encontraremos expresiones como “la necesidad tiene cara de hereje” que nos remite a una, evidente pero triste, verdad; cuando necesitamos algo no dudamos demasiado acerca de los medios que deberemos emplear para lograrlo… También, en ciertos lugares de nuestra amplia “castellanidad”, veremos que el término hereje alude a lo falso, lo horrible o, directamente, lo procaz.


Durante siglos el hereje fue el otro, temido, “maldito”, portador de siniestras intenciones. Más tarde, en el siglo pasado sobre todo, el hereje era el alternativo, aquel que se atrevía a cuestionar el orden vigente.



La palabra castellana hereje, dice la Real Academia que su etimología más cercana está en el provenzal eretge (lo cual de ser cierto sería notable), proviene del vocabulario eclesiástico. Es una de aquellas expresiones que la Iglesia Católica conservó desde la Antigüedad y que alcanza su más pleno sentido en el denso entramado de sus enseñanzas.


Un hereje es, para esa religión, una persona que niega o pone en duda alguna de sus doctrinas, supuestamente reveladas por Dios. Por carácter transitivo, un hereje es, entonces, alguien que se atreve a negar lo que ha dicho el mismo Dios, un ser tan obstinado que osa desafiar a la divinidad… y a la Iglesia que, humildemente, la representa.


Esta persona, por definición, no puede ser un extraño, sino un miembro de la misma comunidad de creyentes que, con su gesto, la rompe y la pone en entredicho.


¡Vaya!, no extraña que fuesen tan odiados; decirle no a Dios, ¿qué efectos puede causar si ese mismo Dios se define a sí mismo como celoso? Negarse a la palabra revelada ¿no entrañará un terrible castigo no sólo sobre el negador sino sobre aquellos que permiten su presencia? De aquí a la hoguera hay un corto paso.


Si nos vamos más atrás en el tiempo, a los siglos en que la Iglesia era una pequeña comunidad perseguida (como los Gremlins ¿recuerdan la película?), encontraremos que la palabra hereje ya existía, si bien en un formato ligeramente distinto.


Se hablaba griego, era la lengua del comercio, la ciencia y la moda, y en griego herejía es aïresis (αἵρεσις) palabra de uso en el vocabulario filosófico.

Aïresis no quería decir más que seleccionar, elegir, y designaba a aquella persona que, en el ámbito del pensamiento, discierne, elige, libremente sus ideas. Un hereje, pues, no sino una persona con sentido crítico.


Hereje es aquel que se atreve a pensar por sí mismo, aquella que no acepta mansamente lo que le dicen y cuestiona las supuestas verdades, uno que quiere usar su propia cabeza, una que investiga y opina.


Jesús, y sobre todo sus seguidores, fueron descriptos como herejes. De hecho si uno busca esta palabra en la Biblia encontrará que la usan los que acusan a Pablo de Tarso: “este es uno de los líderes de la herejía de los Nazarenos” sin que, en el texto, la expresión sea particularmente ofensiva: se describe al dirigente de un grupo de personas que “opinan diferente acerca de la Ley judía”.


Un poco después la palabra, unida a epítetos tan terribles como “de perdición” o “lleno de maldad”, comenzó a ser usada en el sentido que reseñamos más arriba.


El hereje, para los cristianos, era el creyente (nunca el no bautizado que sólo se considera “infiel”) que opinaba de manera diferente del resto de la comunidad, pero especialmente, de sus autoridades. Un rebelde, un sedicioso, un subversivo, un traidor, una artera serpiente y, en efecto, estas palabras son usadas por los Santos Padres para designarlos. ¡Atiza con los Santos!


Cuando la Iglesia logra el poder, cuando todo el Imperio romano se vuelve, por predicación o por decreto, cristiano; los insultos son sustituidos por métodos más efectivos. Dado que Dios ha prohibido matar, la Iglesia adquiere el poder de juzgar, de entre los suyos, a los herejes (o sea a los que piensan distinto), y una vez convictos de su crimen, los entrega a las autoridades estatales para que ellos, actuando en virtud de las leyes que sancionan la convivencia, los condenen (a este acto se le llamaba “relajar al brazo secular”) generalmente a muerte en la hoguera… preocupada por el bienestar del hereje, la Iglesia solía recomendar misericordia, por lo cual muchas veces antes de quemarlo se le desmayaba.


Eso sí, no podía condenarse a alguien sin juicio (un juicio durante el cual el acusado era considerado culpable hasta demostrar lo contrario) ni tampoco juzgar como hereje a quien no fuese cristiano; un judío o un musulmán, por ejemplo.


Es decir que durante casi dos milenios el pensamiento libre, la opinión personal, la crítica y la reflexión fueron considerados crímenes punibles, incluso, con la muerte.

Había que estar en guardia, en esos tiempos, para no pensar demasiado, no fuera cosa que al hilo de la imaginación uno pudiese incurrir en herejía, pensar, en un burdo pero no menos real esquema, llevaba a la muerte.


Más aún, uno podía tener la fortuna, o la desgracia, de quedar “pegado” a un hereje. Venía un cura a predicar al pueblo, convencía a unos cuantos de la justeza de sus opiniones y todo el pueblo lo aclamaba como un gran teólogo. Entonces, salido no se sabía muy bien de donde, aparecía el obispo, o quien fuese, diciendo que las opiniones de ese tal cura eran herejía… y todos cuantos lo había seguido, muchas veces sin saber muy bien de qué iba la cosa, eran estigmatizados, a su vez, como herejes. ¿Cómo estar seguro si a veces ambos bandos se llamaban herejes mutuamente?


De este modo nuestra sociedad se acostumbró a ocultar sus pensamientos, a murmurarlos en secreto, a guardárselos para sí y, también, a criticar fieramente las opiniones de los demás. El otro, si deducía cosas opuestas a las mías, era un sospechoso, un hereje, un criminal y como tal apenas si merecía piedad.


Con el tiempo no se habló más de herejía, porque la Iglesia estaba siendo dejada de lado, pero la idea siguió presente. Anarquista, democrático, libertino fueron algunos de los sinónimos de hereje en el siglo XIX, librepensador, comunista o zurdo los sustituyeron en el XX y, sin duda, encontraremos otros en este XXI para designar a los que se atreven a cuestionar el orden establecido.



¡Habrase visto tamaña insolencia!

¿Opinar libremente?

¡Pamplinas!

¡A la hoguera con el hereje!

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