domingo, 11 de enero de 2009

... y cuando no vienen las palabras


A veces se hacen rogar, por algo son damas. Damas de abolengo, añadiría, pues su prosapia se remonta a siglos olvidados. ¡Cómo llamarlas si portan en sí la sabiduría de los pueblos y los anhelos de los sabios!
Vendrán cuando ellas quieran e impondrán sus condiciones. Es su privilegio y su derecho. Es su incontestable primacía. Ellas me precedieron y vivirán cuando yo no sea más que la sombra del recuerdo, un nombre, si es que queda, en una lista borroneada.
Por supuesto que hay quien no las respeta. Ellas no se cuidan de él. Lo dejan hacer con displicencia propia de su señorío. Que las busquen en vano y las convoquen en frases de torpe apariencia; nada tienen que hacer con el torpe escriba. Ni siquiera lo reprenderán pues consideran que su ignorada ignorancia es castigo suficiente.
Otra cosa es con quienes las descubren por vez primera. Son todo dulzura en sus labios y se sonríen con picardía al oírse nombrar con sonidos cambiados o verse escritas en torpes, pero amables, caracteres. Un eslabón más se ha sumado a la cadena de su linaje, motivo de regocijo pero, ya no, esos tiempos han pasado, de vanos oropeles. Bien, se dicen, miren como nos nombra este pueblo pequeño que está creciendo... estamos vivas, hermanas... y ríen, y se repiten de un labio al otro, de una página a la siguiente, del cuaderno al libro de cuentos y del periódico a la página virtual.
Es verdad que a veces, como hoy, se niegan a presentarse. Es verdad que exigen claridad, que demandan seguridad y, sobre todo, tener algo que decir, es cierto que, hastiadas quizás de tanto abuso, opten por dejarme solo y cabalgar a lejanos territorios en su busca. En este día, cuando nada parecía presagiarlo, se han mostrado notoriamente esquivas. Es que creía necesitarlas, pero en verdad no había nada que decir, el terreno estaba cubierto de malezas y, por mi incuria, se negaron a venir.
No obstante el día en que llegan. ¡Que de alegría no alberga mi pecho!, ¡qué de cantos no estallan en mis labios! ¡qué maravillosa veo la vida cuando ellas, las palabras, acuden a mis manos y se dejan, mansamente, escribir!

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