miércoles, 11 de febrero de 2009

Hereje; el opinador


Si quisiéramos hacer una breve historia del pensamiento occidental podríamos tomar cuatro o cinco palabras y analizar su etimología. Sería muy instructivo para ver cuáles son nuestras maneras de pensar.

Una palabra es, por cierto, una forma de ver el mundo, un registro de nuestras percepciones más arraigadas.

Y como decía Claudio: Ni malicia, ni favor para nadie…


Si preguntamos a alguien con mediana instrucción ¿qué es un “hereje”? probablemente nos dirá que se trata de alguien que se aparta de la línea establecida, una persona que de alguna manera se opone a todo cuanto sus vecinos consideran justo, recto y verdadero.


Si profundizamos en el asunto, encontraremos expresiones como “la necesidad tiene cara de hereje” que nos remite a una, evidente pero triste, verdad; cuando necesitamos algo no dudamos demasiado acerca de los medios que deberemos emplear para lograrlo… También, en ciertos lugares de nuestra amplia “castellanidad”, veremos que el término hereje alude a lo falso, lo horrible o, directamente, lo procaz.


Durante siglos el hereje fue el otro, temido, “maldito”, portador de siniestras intenciones. Más tarde, en el siglo pasado sobre todo, el hereje era el alternativo, aquel que se atrevía a cuestionar el orden vigente.



La palabra castellana hereje, dice la Real Academia que su etimología más cercana está en el provenzal eretge (lo cual de ser cierto sería notable), proviene del vocabulario eclesiástico. Es una de aquellas expresiones que la Iglesia Católica conservó desde la Antigüedad y que alcanza su más pleno sentido en el denso entramado de sus enseñanzas.


Un hereje es, para esa religión, una persona que niega o pone en duda alguna de sus doctrinas, supuestamente reveladas por Dios. Por carácter transitivo, un hereje es, entonces, alguien que se atreve a negar lo que ha dicho el mismo Dios, un ser tan obstinado que osa desafiar a la divinidad… y a la Iglesia que, humildemente, la representa.


Esta persona, por definición, no puede ser un extraño, sino un miembro de la misma comunidad de creyentes que, con su gesto, la rompe y la pone en entredicho.


¡Vaya!, no extraña que fuesen tan odiados; decirle no a Dios, ¿qué efectos puede causar si ese mismo Dios se define a sí mismo como celoso? Negarse a la palabra revelada ¿no entrañará un terrible castigo no sólo sobre el negador sino sobre aquellos que permiten su presencia? De aquí a la hoguera hay un corto paso.


Si nos vamos más atrás en el tiempo, a los siglos en que la Iglesia era una pequeña comunidad perseguida (como los Gremlins ¿recuerdan la película?), encontraremos que la palabra hereje ya existía, si bien en un formato ligeramente distinto.


Se hablaba griego, era la lengua del comercio, la ciencia y la moda, y en griego herejía es aïresis (αἵρεσις) palabra de uso en el vocabulario filosófico.

Aïresis no quería decir más que seleccionar, elegir, y designaba a aquella persona que, en el ámbito del pensamiento, discierne, elige, libremente sus ideas. Un hereje, pues, no sino una persona con sentido crítico.


Hereje es aquel que se atreve a pensar por sí mismo, aquella que no acepta mansamente lo que le dicen y cuestiona las supuestas verdades, uno que quiere usar su propia cabeza, una que investiga y opina.


Jesús, y sobre todo sus seguidores, fueron descriptos como herejes. De hecho si uno busca esta palabra en la Biblia encontrará que la usan los que acusan a Pablo de Tarso: “este es uno de los líderes de la herejía de los Nazarenos” sin que, en el texto, la expresión sea particularmente ofensiva: se describe al dirigente de un grupo de personas que “opinan diferente acerca de la Ley judía”.


Un poco después la palabra, unida a epítetos tan terribles como “de perdición” o “lleno de maldad”, comenzó a ser usada en el sentido que reseñamos más arriba.


El hereje, para los cristianos, era el creyente (nunca el no bautizado que sólo se considera “infiel”) que opinaba de manera diferente del resto de la comunidad, pero especialmente, de sus autoridades. Un rebelde, un sedicioso, un subversivo, un traidor, una artera serpiente y, en efecto, estas palabras son usadas por los Santos Padres para designarlos. ¡Atiza con los Santos!


Cuando la Iglesia logra el poder, cuando todo el Imperio romano se vuelve, por predicación o por decreto, cristiano; los insultos son sustituidos por métodos más efectivos. Dado que Dios ha prohibido matar, la Iglesia adquiere el poder de juzgar, de entre los suyos, a los herejes (o sea a los que piensan distinto), y una vez convictos de su crimen, los entrega a las autoridades estatales para que ellos, actuando en virtud de las leyes que sancionan la convivencia, los condenen (a este acto se le llamaba “relajar al brazo secular”) generalmente a muerte en la hoguera… preocupada por el bienestar del hereje, la Iglesia solía recomendar misericordia, por lo cual muchas veces antes de quemarlo se le desmayaba.


Eso sí, no podía condenarse a alguien sin juicio (un juicio durante el cual el acusado era considerado culpable hasta demostrar lo contrario) ni tampoco juzgar como hereje a quien no fuese cristiano; un judío o un musulmán, por ejemplo.


Es decir que durante casi dos milenios el pensamiento libre, la opinión personal, la crítica y la reflexión fueron considerados crímenes punibles, incluso, con la muerte.

Había que estar en guardia, en esos tiempos, para no pensar demasiado, no fuera cosa que al hilo de la imaginación uno pudiese incurrir en herejía, pensar, en un burdo pero no menos real esquema, llevaba a la muerte.


Más aún, uno podía tener la fortuna, o la desgracia, de quedar “pegado” a un hereje. Venía un cura a predicar al pueblo, convencía a unos cuantos de la justeza de sus opiniones y todo el pueblo lo aclamaba como un gran teólogo. Entonces, salido no se sabía muy bien de donde, aparecía el obispo, o quien fuese, diciendo que las opiniones de ese tal cura eran herejía… y todos cuantos lo había seguido, muchas veces sin saber muy bien de qué iba la cosa, eran estigmatizados, a su vez, como herejes. ¿Cómo estar seguro si a veces ambos bandos se llamaban herejes mutuamente?


De este modo nuestra sociedad se acostumbró a ocultar sus pensamientos, a murmurarlos en secreto, a guardárselos para sí y, también, a criticar fieramente las opiniones de los demás. El otro, si deducía cosas opuestas a las mías, era un sospechoso, un hereje, un criminal y como tal apenas si merecía piedad.


Con el tiempo no se habló más de herejía, porque la Iglesia estaba siendo dejada de lado, pero la idea siguió presente. Anarquista, democrático, libertino fueron algunos de los sinónimos de hereje en el siglo XIX, librepensador, comunista o zurdo los sustituyeron en el XX y, sin duda, encontraremos otros en este XXI para designar a los que se atreven a cuestionar el orden establecido.



¡Habrase visto tamaña insolencia!

¿Opinar libremente?

¡Pamplinas!

¡A la hoguera con el hereje!

2 comentarios:

lidia dijo...

me siento una hereje de internet,me siento una hereje de facebook....soy una hereje...cuando bautizamos a mi hijo ya grandecito el, el cura lo llamo hereje ...le molesto y me molesto muchisimo...pobre pibe...hoy se rie de esa anecdota
en fin una opinion con acercamientos personals disculpas..,
lidia

Gus dijo...

El cura estaba equivocado, en todo caso debería haberlo llamado infiel, no creyente, neófito si quería ser exacto... hereje fui yo hasta hace unos años, cuando era hermano profeso de la Tercer Orden Franciscana y disentía con los dogmas de la Iglesia.
Si además hubiese reunido un grupo de seguidores hubiese sido heresiarca, que es más linajudo, y si con esos fieles fundábamos otra iglesia éramos cismáticos. Si en ese momento el obispo se hubiese enterado y nos impedía el acceso a la Iglesia hubiésemos sido excomulgados.
Ahora, por suerte, no soy más un hereje, sino un apóstata, que es como se llama a quien se aleja de la fe cristiana.

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