domingo, 19 de enero de 2014

ROMA...

Dicen que Roma tiene un nombre secreto.
Cierto tribuno, cuentan los historiadores, se atrevió a revelarlo y pereció entre crueles suplicios.
Algunos pretenden que Amor, invirtiendo las letras, es este misterioso epíteto. Vale aclarar que amor en latín es casi lo mismo que en castellano. De todos modos no lo creo, demasiado evidente, aunque siempre puede ser que eso sea lo que quieren que pensemos...

Roma comenzó hace más de treinta siglos, cuando París era un pantano, Tiahuanaco no existía y Babilonia ya era vieja...
Comenzó convarias  pequeñas aldeas repartidas en las siete famosas colinas. Allá por el siglo octavo antes de Cristo, alguien, digamos Rómulo, unió esas aldeas y fundó la ciudad.
Roma desde una de sus colinas; el Palatino



Cuentan que el fratricidio estuvo presente desde el origen; Remo, gemelo del fundador y criado también por una loba, se burló de los surcos que trazaba su hermano para indicar el lugar de las murallas. Engreído los franqueó de un salto, la lanza de su mellizo rápidamente dio cuenta de la osadía. Así empezó la ciudad que hoy camino.
Ladrones, descastados, condenados y sacrílegos fueron los primeros romanos. Rómulo los recibía a todos sin preguntar, un pedazo de tierra y una lanza era todo cuanto prometía a cambio de una nueva vida en la nueva ciudad. Ciudad sin mujeres, ciudad sin niños.
Rómulo invitó a los sabinos, un pueblo cercano, a cierta ceremonia religiosa. Les encareció que vinieran con sus esposas y sus hijas; como era de rigor, aclaró, no podían traer armas para el rito. En un momento dado los romanos sacaron las espadas, escondidas en sus togas, y se apoderaron de las sabinas núbiles y, presuntamente (eran otros tiempos) vírgenes. Padres y hermanos, así como madres y suegras, fueron inteligentemente ahuyentados.
Los sabinos prepararon su venganza. Eran, sin duda, gente meticulosa, así que pasó casi un año hasta que estuvieron listo. Guiados por su rey, Tito Tacio, atacaron la recién fundada Roma y llegaron a asaltar el Capitolio:

Esto fue gracias a la traición de una romana; Tarpeya quien pidió a cambio lo que los sabinos llevaban en su brazo izquierdo, aludiendo a los brazaletes de oro. Tito Tacio respetó la promesa, todos los guerreros arrojaron sobre Tarpeya lo que llevaban en su brazo izquierdo; los escudos. La traidora murió aplastada por su peso dejando como testimonio de su existencia la roca desde donde los romanos, en siglos por venir, despeñarían a los desleales a la Ciudad.
La Roca Tarpeya
El caso es que en la mitad del combate las sabinas, ahora esposas de romanos y madres de pequeños romanos, se interpusieron entre ambos ejércitos y  reprocharon, como buenas mujeres, a sus padres el tiempo tardado en rescatarlas y a sus maridos el querer matar a su propia familia. De este modo se ajustó la paz y los sabinos vinieron a habitar en Roma con todos los derechos de los patricios, que así se llamaban ahora los antiguos ladrones, compartiendo Rómulo y Tito el poder.




Lo que sigue es historia repetida. Roma se hizo, como diría De Gaulle de Francia, a golpes de espada.

Sin embargo siempre fue lo bastante generosa para incorporar a los enemigos a su propia ciudad. En algunos siglos dominaron Italia, en poco menos de ciento cincuenta años su imperio se extendía desde el Eúfrates al Atlántico y desde Britania hasta Egipto, el Mediterráneo era el Mare Nostrum y cada vez más personas en ese mundo, que era todo su mundo, se llamaban romanos.
Hasta el día en que un emperador, Caracalla, proclamó que todo hombre libre en el Imperio era ciudadano de Roma.
Después cayó el imperio.
Una nueva religión, venida de la periferia, dominó sobre las ruinas de los templos. Y también ella se llamó romana.
La lengua de Roma, las leyes de Roma, las artes de Roma, la religión de Roma se volvieron parte de la herencia de Europa.


De allí pasaron a América que imitó sus edificios, copió sus instituciones, estudió sus leyes y habla, en su mayor parte, lenguas que provienen del habla romana.

Roma dejó de ser una simple ciudad para convertirse en una idea, un modo de vida, un estilo de gobierno, una concepción del mundo que es, en buena medida, la nuestra.
Roma: un antiguo templo forma la pared trasera de una iglesia.


El nombre secreto, por supuesto, nadie lo sabe pero aquí, entre estas colinas treinta veces centenarias, escucho una voz, como un susurro, que me lo revela.
Roma es todo aquello que tememos, todo aquello que soñamos, todo cuanto podemos construir desafiando los límites
Roma es la grandeza y la miseria de la Historia. Roma es cada uno de nosotros intentando hacer lo mejor que puede con aquello que tiene.
Roma es voluntad de poder y ese es su nombre secreto. Esa es, también, la razón de su permanencia.

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